Galería de Arte e Historia
La vida cotidiana femenina en el espacio conventual.
Mª Leticia Sánchez Hernández
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Ana de Austria, abadesa. Monasterio de las Huelgas. |
Antiguo dormitorio comunal de las Descalzas Reales. Madrid. |
Celda de Santa Teresa. ávila. Encarnación. |
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Vista de los dos claustros del Monasterio de Santa Paula. Sevilla. |
Biblioteca. Monasterio de la Encarnación. Madrid. |
Archivo monacal. |
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Cocina siglo XVI. Descalzas Reales. Madrid. |
Confesionario desde el lado de las monjas. |
Coro de las Descalzas Reales. Madrid. |
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Iglesia nueva del monasterio de San José de Avila. |
Ana Margarita. 1650. |
Claustro de las Dueñas. Salamanca. |
El espacio conventual y monástico, es decir, los conventos y los monasterios han suscitado siempre, y lo siguen haciendo, un llamativo interés, acompañado no pocas veces de eso que coloquialmente solemos llamar "morbo". Respetando esta característica que no tiene por qué considerarse como algo negativo, parece conveniente y útil el poder despejar con la investigación histórica ciertas incógnitas de la vida cotidiana de estos conventos y monasterios, lo que indiscutiblemente redunda en un conocimiento de mayor riqueza de los mismos y, sobre todo, en la perspectiva en la que nos estamos moviendo en estas jornadas, amplía nuestro campo de investigación.
Es posible que nos imaginemos, de entrada, la vida cotidiana conventual o religiosa como la yuxtaposición de una serie de momentos sin una necesaria relación entre ellos. Este enfoque, aunque sea el más habitual tanto entre la gente normal como entre los mismos estudiosos, a mi me parece que no acierta a captar la verdadera esencia de esta vida. En efecto, la vida cotidiana conventual es, en su concreción captable y analizable por el estudioso, vivencia religiosa, y a su vez, esta vivencia encuentra su mejor expresión en lo cotidiano. Los muros de un convento son algo más que un hábitat arquitectónico al servicio funcional de la existencia de sus moradores: son la expresión de toda la vida que acontece en su interior a la cual modela y al mismo tiempo da sentido. Por ejemplo, la cocina de un convento no es, sin más, la cocina de un palacio; ya conocéis la célebre frase de Santa Teresa: "Entre los pucheros anda Dios". Y así podríamos analizar los diversos aspectos de la vida cotidiana conventual.
Con estas premisas, vamos a analizar las distintas partes de los edificios, específicamente de los monasterios femeninos: para qué se usan y cuál es el significado religioso.
Primeramente, nos encontramos con la portada principal de la casa, que suele estar decorada con los motivos que hacen referencia a la advocación monacal y a la orden que habita la casa, así como a los patronos si los tiene. Francisco de Mora creó en 1610 en San José de ávila un prototipo de fachada denominada carmelitana, que tuvo una amplia difusión a lo largo del siglo XVII: Loeches, Alba de Tormes o la Encarnación de Madrid (San José y el escudo carmelitano). A los lados de la portada o un poco retranqueadas suelen colocarse las torres y las espadañas de las campanas que van marcando las horas canónicas y el tipo de celebración que va a tener lugar, al tiempo que hacen las veces de reloj para el pueblo, puesto que es frecuentemente que también toquen las horas.[San José de ávila.1610]
El templo es el centro de la vida comunitaria: allí se celebra la eucaristía y se reza el oficio [Iglesia de San José de ávila]. Las comunidades siempre utilizan el coro que suele estar en alto a los pies de la iglesia, como las Descalzas Reales en Madrid y Santa Paula en Sevilla, o a la izquierda del altar mayor (esta segunda variante es la más común para las mujeres) separado por una reja, como en San José de ávila [Coro de las Descalzas Reales de Madrid/ Coro de Santa Paula de Sevilla]. Por el contrario, los monasterios de varones suelen disponer el coro en la nave central delante del presbiterio, como en San Isidro de Dueñas [coro de San Isidro de Dueñas], o en torno al presbiterio, como en Santa María del Parral en Segovia [coro del Parral, Segovia]. Los coros poseen sillerías de 33 asientos, en recuerdo a la edad en la que cuenta la tradición que murió Cristo, talladas en los respaldos, reposabrazos y misericordias con unos programas iconográficos relativos a pasajes evangélicos, emblemas, alegorías y figuras fantásticas sacadas de los bestiarios medievales y motivos relativos a la sátira religiosa. Sobresale el asiento de la priora o abadesa por su altura y su situación destacada sobre el resto de la comunidad: en coros cuadrados, el sitial está ubicado en el primer asiento a la derecha de la puerta de entrada.
Hay dos espacios íntimamente relacionados con la iglesia: la sacristía y los relicarios. La sacristía comunica con el templo mediante una puerta que se abre al altar o a la nave lateral. Es el lugar destinado a la custodia y conservación de los textiles litúrgicos y de las piezas de plata y metal empleados por el celebrante/es. Las telas se guardan en cajoneras amplias que se distribuyen a lo largo de una pared y la orfebrería en armarios empotrados en la pared. Suele haber un torno que separa la sacristía de las monjas de la sacristía de los celebrantes por el que se sacan las piezas litúrgicas. [Sacristía interior de la Encarnación, Madrid]
Los relicarios o lipsanotecas son pequeñas piezas destinadas a guardar en contenedores de diverso tipo las reliquias de santos y de personas veneradas. Por extensión, estos contenedores reciben el nombre de relicarios y pueden ser cofres o arcas, medallas, pequeños templetes de bronce, pinturas en cobre o piedra rodeadas de un marco que contiene huecos para los restos, y bustos tallados. Los materiales utilizados son muy diversos: maderas, plata, bronce, piedras duras, coral, marfil, tejidos, vidrio y papel, y las piezas más interesantes proceden de los siglos XVI, XVII y XVIII destacando talleres españoles, italianos, alemanes y holandeses. A las piezas europeas, se unirán a partir del siglo XVI los objetos realizados por los artistas del Perú y Nueva España. Dentro de los relicarios conventuales españoles más emblemáticos hay que citar las 554 piezas de las Descalzas Reales entre las que destacan las piezas orientales y la arqueta de Ana de Austria; los 630 objetos de la Encarnación de Madrid que guardan un importante conjunto realizado en los talleres de piedras duras de Florencia y Roma. También son destacables la colección de medallas y cofres de Cañas en La Rioja. [Relicario de las Descalzas Reales]
El claustro constituye el nervio arquitectónico principal del monasterio y, por tanto, es el eje de la vida cotidiana. Suele tener acceso desde la portería y desde la iglesia. Puede adoptar una forma cuadrada o rectangular, y disponer de una o dos plantas. En el centro se sitúa un jardín con pequeños parterres que convergen en un pozo o en una fuente. Desde el claustro se accede a la sala capitular, a las celdas y a otras dependencias monásticas, como el refectorio y la botica. Dos ejemplos señalados: el claustro de Santa María de las Dueñas de Salamanca vinculado a Rodrigo Gil de Hontañón, y los dos claustros del sevillano monasterio de Santa Paula (siglos XVI y XVII) adornados con zócalos de azulejos, igual que lo está la sillería del coro bajo, que se vincula con la tradición azulejera andaluza de inspiración árabe e italiana. [Claustro de las Dueñas, Salamanca// Doble claustro de Santa Paula, Sevilla]
La sala capitular es el lugar en el que la comunidad se reúne de manera solemne para elegir los cargos de abad o prior, para revisar la vida diaria tanto religiosa como material, para confesar las culpas e imponer los castigos correspondientes o para acometer algún tipo de reforma de la regla monástica. Desde el siglo X se trata de espacios construidos en el lado oriental del claustro con una sillería adosada al muro en la que destaca en el centro el sitial del abad. A partir de la Edad Moderna, las salas capitulares se sitúan en una sala amplia en el interior del convento, porque en torno a las paredes del claustro principal suelen abrirse capillas devocionales.
Otro conjunto importante de dependencias es el formado por el refectorio, la cocina y las habitaciones destinadas a almacenaje de alimentos. El refectorio es el lugar en el que la comunidad se reúne para comer y está al cargo de la refitolera. Tiene una planta rectangular presidida por un crucifijo y un gran lienzo que ocupa el testero que suele representar temas alusivos a banquetes neotestamentarios: la Última Cena, las Bodas de Cana, el Ungimiento de Jesús en casa de Simón el leproso o Cristo en casa de Marta y María. Los asientos son bancos corridos que se adosan en los muros con las mesas exentas y fijas dispuestas en la parte delantera. Los comensales solamente ocupan el espacio comprendido entre el muro y los asientos para facilitar el servicio de las mesas. La mesa de la abadesa o priora y de los cargos principales del monasterio se sitúa en la cabecera y tiene como peculiaridad el disponer de una campana de mano para que el mandatario indique el comienzo y la finalización de las colaciones. En uno de los lados de la estancia se ubica un púlpito al que se accede por una escalera lateral, donde se coloca el lector que va a leer durante la comida. Al lado del refectorio suele haber una pequeña habitación llamada "De Profundis", a la que acude toda la comunidad al oír el tañido de la campana para rezar el salmo que lleva este nombre; seguidamente, de dos en dos, se camina hacia el refectorio. Antes de sentarse, se colocan delante de las mesas para escuchar el "Benedicite" conforme al tiempo litúrgico. Las comunidades disponían de plato o escudilla, cuchillo, cuchara (el tenedor es muy tardío), vaso y servilleta. En la vida religiosa no son frecuentes los manteles. Asimismo, hay otra serie de utensilios complementarios de barro, estaño y cobre como son jarras, fuentes, tazones, saleros y pimenteros y las mancerinas para las jícaras de chocolate. [Refectorio de Santa Clara de Tordesillas]
San Benito esboza en la regla una serie de normas que abarcan todos los aspectos de la vida monacal, y la alimentación no es una excepción. La regla benedictina, que influirá en posteriores ordenamientos masculinos y femeninos, establece que todos los monjes tienen la obligación de ocuparse de la cocina, de la atención al refectorio y del lavado de los utensilios utilizados de acuerdo con los turnos rotatorios establecidos cada semana: Asimismo se ordena una lectura obligatoria a cargo de un semanero mientras el resto de la comunidad come en silencio. Se realizan dos ingestas diarias cuyo horario variará en función del calendario litúrgico: desde Pascua hasta final de verano, comerán a la hora sexta (12 mañana) y cenarán al anochecer; ayunan los miércoles y los viernes hasta la hora nona (3 de la tarde). Desde el 14 de septiembre hasta el comienzo de la Cuaresma comerán a la hora nona (3 tarde) y cenarán a la hora de vísperas (7/8 de la tarde); ayunan en Adviento y Cuaresma hasta vísperas. Tanto en la comida como en la cena se tomarán manjares hechos a base de legumbres, hortalizas y frutas, algo de tocino, una libra de pan, por eso van a ser tan fundamentales las existencias que las huertas monacales que producen frutas y verduras para todo el año: aún hoy día, las huertas conventuales siguen siendo importantes pulmones verdes tanto para los religiosos como para su entorno. Quedan totalmente prohibidas las carnes excepto en caso de enfermedad –esto luego fue muy variable, porque muchos monasterios ingerían aves y cordero en determinadas fechas- y en cuanto a la bebida se permitía a los hombres, que no a las mujeres, una hemina de vino al día. Existen algunas referencias al pescado, que sin duda sería seco o en escabeche, como el cecial (merluza) y el abadejo (bacalao), destinados a los viernes y a las vísperas de alguna fiesta importante así como al miércoles de ceniza pero, al igual que en el alcázar, no era un manjar muy abundante.
La cocina era una estancia de amplias dimensiones para cobijar al principio el fuego con chimenea externa o pegada a la pared, y sucesivamente las cocinas de carbón, las cocinas económicas, y actualmente las cocinas de gas y eléctricas. Contaban con espacios destinados al almacenaje prolongado de alimentos, como las despensas de las fanegas de trigo, de las tinajas para aceite y de las sacas de nieve para la conserva de pescados y refrescos. [cocina de San José de ávila/ Cocina de las Descalzas Reales] El cuidado del almacenamiento de alimentos, la distribución y contabilidad de los mismos estaba al cargo de los provisores. Igualmente, se disponen de otras estancias para la ubicación del horno destinado a la elaboración del pan y de los asados, así como la carbonera para el carbón, elemento fundamental hasta tiempos recientes tanto para guisar como para el sistema de calentamiento. Los utensilios de cocina han sido hasta época recientes de cobre, hierro y latón, destacando perolos, calderas, ollas cazos y carameleros para el fuego, cacillos y espumaderas de diverso tamaño para remover alimentos, chocolateras para la confección del chocolate, almireces para triturar especias, y besugueras para conservar el pescado en salazón. [chocolatera, perolos y cacillos de cobre/ tazón, jarra y lebrillo]
La biblioteca que guardaba –y guarda- dos tipos de impresos: los comprendidos entre el siglo XV y 1900; y los que se editan a partir de este año. Las bibliotecas están al cargo de la librera que sirve los libros a la comunidad de acuerdo con el criterio marcado por la priora. Hay que tener en cuenta que no leen lo mismo las novicias que las profesas solemnes, incluso en algunos conventos el noviciado cuenta con su propia biblioteca. El estudio de los fondos bibliográficos es fundamental para comprender la formación de las mentalidades y su evolución a lo largo de los siglos. Existe una radical diferencia entre lo que leen los hombres y las mujeres. Con la culminación del Concilio de Trento, la Iglesia católica modeló un nuevo estilo de pensamiento y de semblante: el interés primordial se centró en reservar el saber teológico y filosófico a una elite restringida. Las monjas leían y escribían, pero a partir de finales del XVI dejaron de aprender latín; tampoco recibían enseñanzas filosóficas y teológicas. Lejos de las escuelas y de las universidades, y apartadas de la Biblia y de los principales tratados teológicos y filosóficos que les impedían el acercamiento a las grandes controversias del momento. Los cauces de formación de las monjas se reducían a unas bibliotecas tamizadas por el índice de libros prohibidos. Mientras que las bibliotecas masculinas no tienen ninguna traba para acceder a la Biblia y sus comentarios, las obras originales de todos los tratadistas de filosofía y teología, historia, medicina, ciencia, literatura y los autores protestantes –véanse las bibliotecas de El Escorial, Montserrat, San Esteban de Salamanca o San Pedro de Pastrana-, las bibliotecas monacales femeninas tienen que conformarse con libros de espiritualidad, libros de oración, vidas de santos, comentarios sobre autores místicos, comentarios sobre determinados textos de la Biblia, el breviario, tratados sobre las virtudes de la mujer, la vida de la Virgen y de Cristo, y novenas. [Biblioteca de la Encarnación de Madrid]
El archivo es la dependencia que custodia los fondos documentales relativos a la casa y su entorno. Está al cargo de un archivero realiza la catalogación y atiende a los investigadores. La documentación de un monasterio consta, salvo pérdidas, de las actas fundacionales y la dotación de la casa; los libros propios de la comunidad que hacen referencia a las profesiones, visitas y defunciones; los libros de cuentas que permiten seguir el ritmo económico; los libros de bufete que consignan día y hora de las celebraciones; los nombramientos de capellanes y confesores en el caso de las monjas; el libro de fábrica; los inventarios; epistolarios; manuscritos de literatura espiritual hechos por miembros de la comunidad; libro de entradas y salidas de la clausura; libro de los hechos notables de la comunidad y, lógicamente, la regla monástica con sus pertinentes reformas, entre lo más relevante. [Archivo monacal]
Existe una circunstancia que diferencia drásticamente la vida monástica femenina de la masculina condicionando radicalmente algunas partes de la arquitectura conventual y de sus actividades: la clausura. El rigor de la clausura femenina, tal y como ha llegado a nosotros y es comprendido de forma general en la actualidad, es algo que comenzó a asentarse a partir de 1566 con la bula de Pío V sobre la clausura femenina. Durante la Edad Media, todas las reglas monásticas prescribían la clausura para los conventos de mujeres, incluso existían importantes intentos por regularizar jurídicamente la situación, sin embargo, la práctica diaria estaba aún lejos de cumplir las normas implantadas a partir del Concilio de Trento y en la legislación postconciliar.
Los condicionamientos materiales de la clausura preparaban un encierro perpetuo en diástasis con el mundo, que permitía la oración y fusión con Dios. Los tradicionales elementos visibles que caracterizan la clausura son los siguientes: las puertas reglares son las que acceden al convento y sólo disponían de una cerradura interior, cuyas llaves estaban custodiadas por las porteras. [Puerta reglar] Los locutorios eran los lugares en los que las monjas recibían visitas, y tenían una gran reja de hierro provista de púas en la parte exterior y una lámina de acero en la parte interior protegida por una mampara de madera algo separada de la misma; antiguamente la celosía de madera se cubría con un espeso velo negro. [Locutorio desde clausura] El coro de las monjas poseía una reja con púas de hierro en la parte exterior y una lámina de acero en la parte interior; también existía una mampara de madera con paños de lienzo negro clavados, que siempre aparecían extendidos excepto en el momento en que se celebraba la misa; asimismo, las puertas de acceso al recinto eran de madera gruesa y permanecían cerradas cuando el oficio concluía; al lado de la reja se colocaba el hueco del comulgatorio con una amplitud suficiente para comulgar las monjas. [reja de coro con comulgatorio] Los confesonarios constaban de dos partes separadas por la gruesa pared de la iglesia; el confesor se colocaba en la capilla y las monjas dentro del recinto de la clausura; ambos lados se dividían por una celosía de madera y una reja de hierro en la parte interior; la estructura se remataba con una puerta de madera cerrada con llave mientras no hubiese confesiones. [confesionario desde el lado de las monjas/ confesionario desde el lado del confesor] Los tornos estaban compuestos por unos tubos giratorios de madera encajados en la pared para imposibilitar cualquier contacto con el exterior, por los que se introducían o se sacaban objetos; estaban al cargo de las torneras. [Torno exterior/ torno. Vista desde la clausura] Las ventanas que comunicaban con los jardines y con la huerta se cubrían con una reja menuda de madera que evitase posibles visiones, mientras que todas aquellas que estaban en la planta baja y se abrían en la fachada de la calle se trataban de suprimir. [Celosía de ventana] Estos elementos citados no han regido para los varones, ya que éstos podían salir a predicar, atender obras sociales, investigar, enseñar etc. Hay que esperar a las fundaciones femeninas de vida activa que se realizan a partir del siglo XIX, para volver a encontrar a las religiosas en tareas que no sea exclusivamente la vida en clausura.
El microcosmos monacal se completa con la enfermería, la ropería y las celdas. La enfermería ha sido tradicionalmente uno de los mejores lugares de la casa desde el punto de vista de la situación -siempre en una zona caliente en invierno y fresca en verano-, y de las condiciones adecuadas para la sanación –ventanas y galerías comunicadas con el jardín para facilitar aire puro y paseos-. La situación aislada de muchos monasterios y la dificultad para encontrar personas apropiadas para la atención sanitaria, impulsó a los monjes a adquirir conocimientos médicos básicos y a familiarizarse con el cultivo de plantas y hierbas destinadas a la confección de medicinas que administraban no sólo a los moradores del monasterio, sino también a los habitantes del entorno. Es frecuente encontrar en los memoriales conventuales recomendaciones acerca de la conveniencia de que se encarguen de la enfermería las personas más capacitadas desde el punto de vista médico. Esto no excluye el que las reglas monásticas acentúen de manera especial el trato preferente hacia los enfermos por parte de la comunidad y de los abades y priores. Indefectiblemente unidas a las enfermerías y hospitales surgieron los establecimientos destinados a custodiar y elaborar medicamentos: las boticas. Especialmente, fueron las casas de varones las que llevaron a cabo una medicina muy empírica transmitida de generación en generación, basada en el uso de las hierbas y las plantas como medicamentos primarios, que dieron lugar a cultivos especializados y a la construcción de los herbarios o habitaciones cubiertas de cajonería de madera en la que se guardaban las hierbas. Sin embargo, en todos los monasterios femeninos hubo botamen para la conservación de las medicinas que se adquirían por diversos conductos –bien proporcionadas por el patrono, bien por otro enclave monástico cercano- y una serie de instrumental elemental para la atención de las enfermas. La mayor parte de la casas disponía de médico y sangrador. Es muy interesante la relación entre alimentación, enfermedad, las condiciones aislantes que imponen la clausura y los métodos de sanación que se aplican. [Bote de farmacia. Huelgas de Burgos/ sonda]
La ropería es el lugar en el que se planchan y se confeccionan los vestidos de las monjas. Estaba al cargo de las roperas. [Planchero de San José de ávila] Los vestidos monjiles se componían, esencialmente, de un hábito de sarga para cubrir el cuerpo ceñido con un cíngulo, una toca blanca que cubría la cabeza sobre la que iba el velo, un manto del color del hábito y un sencillo calzado que protegía los pies; todas las órdenes religiosas, partiendo de los citados elementos, disponían las peculiaridades que debían poseer cada uno de ellos como color, medidas, formas concretas etc; sin embargo, tanto el origen de las prendas como el posible significado que encerraban, resultaba idéntico en todos los institutos. Solía haber un hábito para el verano y otro, el más viejo, para el invierno. El hábito se entendía como el símbolo visible de la profesión religiosa, como contraste con la indumentaria usada hasta la entrada en la clausura y evolucionará conforme a la evolución de las ideas religiosas que aconteciesen en el seno de la misma. [Ana de Austria. Abadesa de las Huelgas/ Ana Margarita de Austria]
Todas las prendas eran repartidas a las monjas por las roperas que se encargaban de recoger las piezas sucias en el tiempo debido, y de colocar lo limpio en las celdas para que la comunidad no tuviese que ocuparse de este menester salvo de las prendas íntimas, pues cada monja cuidaba de las suyas, y de la ropa de las enfermas que corría a cargo de la enfermera. Las monjas pedían el calzado y el vestido a la encargada del ropero para que, con el visto bueno de la priora, la ropera diese de la orden de proveer lo necesario. La ropa se lavaba en comunidad, pero cada una se encargaba de su colada personal, con algunas excepciones: las cocineras que además lavaban la ropa de la cocina; las refitoleras, que se hacían cargo de los manteles, la enfermera, que cuidaba de la ropa de la enfermería y la sacristana, de los paños de esta sacristía; en el caso de que hubiese acumulada mucha ropa de la sacristía, la abadesa ordenaba su lavado con prioridad mandando ayuda a la sacristana, ya que el culto era prioritario.
La celda. Originariamente, la cella o cellula no era el lugar del reposo sino del refugio (el ejercicio de la oración, las penitencias, la lectura y la escritura, o las actividades encomendadas por la abadesa o priora), existiendo para el descanso un dormitorio comunal. Paulatinamente pasaron a ser el dormitorio individual de cada una de las profesas (las clarisas mantuvieron los dormitorios comunales). Descripción del monasterio de la Concepción Jerónima de Madrid: "una pobre cama de un xergón de paja con sábanas de estameña, una frazada blanca, un corcho o estera de celda, unas estampas de papel pocas y devotas". [Dormitorio comunal de las Descalzas Reales/ Celda de Santa Teresa].