Galería de Arte e Historia
MUJER Y BIBLIA: VISIÓN ICONOGRÁFICA DE UNA RELACIÓN FASCINANTE
Mª Leticia Sánchez Hernández
Este trabajo se inscribe en el proyecto "La Biblia y las mujeres": una colección de exégesis, cultura e historia, que recorre la relación establecida entre la Escritura y las mujeres, desde el Génesis hasta el siglo XX. La obra va a ser publicada en diez tomos, en cuatro lenguas, por las siguientes directoras: Irmtraud Fischer (Austria), Mercedes Navarro (Ed. Verbo Divino España), Jorunn Økland (Reino Unido), y Adriana Valerio (Italia). Al final de cada volumen, se ha reservado un espacio para mostrar la citada relación entre Biblia y mujer a través de la iconografía. Las siguientes páginas fueron presentadas en el Primo Congresso Internazionale, La donna e i luoghi della memoria, organizado por la Fondazione P. Valerio per la Storia della donne. Ginebra 27-29 junio de 2007. En ellas traté de presentar una visión panorámica de lo que iba a ser ese apartado iconográfico, que no por ser el último, es el menos importante.
Ante la abundancia existente de material, tuve que proceder con criterios bastante selectivos, centrándome particularmente en el estudio y exposición de los siguientes ítems:
- Scriptoria femeninos
- Biblia pauperum
- Mujeres mecenas y coleccionistas
- La Biblia y las católicas (influencia del Concilio de Trento)
- Y la Biblia y las protestantes (influencia de la Reforma)
Previamente quiero ofrecer unos breves apuntes que ayuden a valorar la relación y presencia de la mujer en la iconografía bíblica, así como la relación y presencia de la mujer en la iconografía bíblica de los primeros siglos cristianos.
MUNDO BÍBLICO
Tengo el privilegio de conocer y gozar de la amistad del Catedrático de Hebreo de la Universidad Complutense de Madrid, Doctor Julio Trebolle Barrera, cuyas reflexiones escritas, así como sugerencias compartidas en conversaciones personales me han servido de inestimable ayuda para este primer punto de mi exposición. Dos aportaciones me han iluminado especialmente: "Iconografía y poesía en la Biblia" (Revista Arbor, Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, mayo 2003) y "Paralelismos de género en la poesía hebrea: la mujer en el Cantar de los Cantares y el hombre en el libro de Job" (Revista de Ciencias de las Religiones, 10 (2005).
Hablar de iconografía bíblica puede resultar extraño, si tenemos en cuenta que el segundo mandamiento del decálogo prohíbe toda representación plástica de la divinidad y de figuras humanas y animales. La ortodoxia anicónica monoteísta consideró que era la palabra y no la imagen la vía adecuada de acceso a lo divino.
A pesar de lo afirmado, el Israel de los tiempos bíblicos conoció el arte plástico del Antiguo Oriente y produjo iconografía propia: los israelitas importaron y produjeron obras de arte figurativo que mostraban los influjos cananeos, mesopotámicos y egipcios; desde los sellos cilíndricos del tercer milenio hasta los bajorrelieves de los palacios neoasirios o de los templos del Egipto helenístico. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en tierras del antiguo Israel han descubierto abundantes objetos con algún tipo de representación iconográfica.
Se conoce un amplio repertorio de textos e imágenes del Antiguo Oriente relacionados con el Antiguo Testamento. Curiosamente, se ha considerado que la literatura ayudaba a interpretar los textos bíblicos, mientras que las imágenes se utilizaban para oponer monoteísmo bíblico y politeísmo de las religiones vecinas. Es más: mientras se reconoce que instituciones, ritos y concepciones religiosas orientales tuvieron un influjo decisivo en la Biblia, apenas se ha tomado en consideración su plasmación en motivos figurativos.
La relación entre Biblia y género y su reflejo en la iconografía ha ocupado un lugar destacado en los estudios dedicados a los orígenes del cristianismo. La reflexión sobre el género, estrechamente vinculada a la lingüística, al amplio mundo tanto de la cultura como de la naturaleza, así como las representaciones simbólicas, masculinas, femeninas y de la realidad inanimada, han puesto de relieve la diferencia entre la sacralidad femenina y la masculina. En términos generales, la sacralidad femenina se asocia en el ámbito de la naturaleza con términos femeninos como tierra, o madre-tierra, cueva o caverna, agua, colina, montaña, vegetación, tinieblas, noche y luna; y en el ámbito de la cultura con términos femeninos relativos a la jardinería, las telas, la cocina y la cerámica. Por el contrario, la sacralidad masculina está asociada a realidades designadas con términos masculinos como cielo, ser supremo, poder regio y esplendor.
La iconografía revela con mayor nitidez que los textos las implicaciones que ofrece el género, masculino o femenino. Los textos suelen reflejar un panteón más poblado de dioses que de diosas, y en el caso de la Biblia muestran a un Dios único de rasgos más masculinos que femeninos. La iconografía bíblica desvela una mayor presencia de figuras femeninas en todo tipo de representaciones, desde pequeños sellos hasta grandes relieves e imágenes de bulto redondo.
Me ha parecido, además de útil e interesante, ofrecer un brevísimo apunte gráfico que ilustra con plástica elocuencia lo que acabo de decir. Posee, a mi juicio, el valor añadido de pertenecer a la exposición "Eva-Madre" comisariada por el Doctor Othmar Keel, uno de los principales especialistas en iconografía bíblica, y celebrada en el Museo Bíblico Oriental de Friburgo (Suiza) en 2006.
- Diosa neolítico, cerca de Gennesareth (6400-5800 a.C.) [il.1]
- Diosa calcolítico, cerca de Berseba (4000 a.C.) [il.2]
- Pareja de diosas, Elam-Mesopotamia (2340-2193 a.C) [il.3]
- Figura de mujer joven. Imperio Medio egipcio (1950-1650 a.C) [il.4]
- Idolo, Palestina/Israel, oeste Jerusalem (1300-1200 a.C.) [il.5]
- Pareja de diosas, Palestina/Judá (750-620 a.C) [il.6]
- Diosa fenicia (7 al 6 a.C) [il.7]
- Pareja de diosas en su trono, Jerusalem (1 a.C) [il.8]
CRISTIANISMO PRIMITIVO
A pesar de que el cristianismo procede de una religión anicónica que explica la gran controversia de los primeros siglos en torno al uso de imágenes, los cristianos primitivos se dejaron influenciar por el mundo visual y colorista romano y representaron tanto símbolos como escenas figurativas inspiradas en pasajes del Antiguo y Nuevo testamento en tres ámbitos: el espacio doméstico, la casa, del prácticamente no hay vestigios; el espacio funerario, las catacumbas; y el espacio celebrativo, los templos.
Los motivos ornamentales catacumbales no son una mera decoración, sino que son una palpable expresión de fe. Son una manifestación de los ecos dejados por la catequesis y la predicación, fundamentadas ambas en la Biblia. En este sentido, hay que notar la abundante presencia de los pasajes en los que las protagonistas son mujeres: este hecho pone de relieve la firme convicción que tenían los primeros cristianos de que la Iglesia era y debía ser una comunidad de iguales; asimismo, también manifiesta el papel desempeñado por las mujeres, como propietarias de cementerios, como jefas de las iglesias domésticas y como diaconisas.
Como monumentos notables destacamos:
La capilla griega de las catacumbas de Priscila en Vía Salaria muestran la historia de Susana y la Virgen con el Niño ante los Reyes, que es la representación más antigua de la Virgen [il.9]. Las catacumbas de Marcelino y Pedro de Vía Casilina conservan el fresco de la hemorroísa pintado en el siglo III [il.10]. Las catacumbas de Vía Latina en Vía Dino Compagni están ornamentadas con frescos realizados entre el 320 y el 350 con doce ambientes dedicados a diferentes pasajes del Antiguo y del Nuevo testamento. Destaca el pasaje de Jesús y la samaritana, donde vemos a un Jesús muy joven, sin barba, con túnica y sandalias; la mujer viste con una túnica corta, zapatos cerrados y pendientes [il.11]. No quiero olvidarme del fresco de la orante del siglo IV conservado en las catacumbas de los Jordanos de Vía Salaria, que se refiere a una mujer concreta y relevante de la comunidad [il.12].
A partir del siglo IV, estallará un mar de vibrantes colores en los mosaicos de las basílicas de Roma, Ravena y Constantinopla. Destaco en Roma la basílica de Santa María la Mayor dedicada a la Theotokos en el 355 [il.13]. La joya principal del templo son los espléndidos mosaicos conmemorativos del Concilio de Efeso del 431 que cubren las naves y el ábside con un programa iconográfico centrado en la vida de la Virgen con escenas veterotestamentarias alusivas a la Madre de Dios [il.14].
Ravena es la segunda capital del imperio bizantino, y casi se podría decir que en época de Justiniano superó a Constantinopla si ésta no hubiese tenido a Santa Sofía. La mejor manifestación artística del arte paleocristiano bizantino se encuentra en los mosaicos de sus basílicas y sus baptisterios. Los mosaicos no fueron solamente un reclamo decorativo colorista y sugerente, sino que los artesanos que los trabajaron quisieron que los espacios litúrgicos fueran auténticas antesalas de la mansión celeste. Los mosaicos de la iglesia de San Vital (522-532) recubren todas las paredes, la cúpula y el ábside con un programa iconográfico que recorre los principales episodios de la historia de la salvación (destaco a las mirróforas ante el sepulcro) [il.15]; en la nave los cortejos de Justiniano y Teodora como mecenas, por igual, de la obra. Esto quiere decir que la emperatriz fue mujer versada en la Escritura, que se representa con ella, que la contempla junto con sus damas y que invitan al resto de las mujeres a unirse a ellas [il.16].
EDAD MEDIA
Entre los siglos XII y XIV surgió una mística nueva construida sobre esta afirmación: Dios puede ser encontrado en cualquier parte por cualquier persona, dejando así de estar exclusivamente al alcance de la elite monástica masculina. Esto significó que las mujeres desplegaron una variedad de experiencias religiosas, con un fuerte fundamento bíblico, que se extienden por Inglaterra, Francia, Países Bajos, Centroeuropa y el área mediterránea. Para conocer a las místicas medievales es fundamental acercarse tanto a la literatura que habla de ellas, como a las obras que ellas mismas escribieron. En este sentido, se puede hablar de una especie de explosión mística femenina que acontece en torno a 1200, y que expresa el desbordamiento que sobreviene a la persona por la presencia de Dios. Las diversas manifestaciones de este nuevo sentir religioso están estrechamente vinculadas con los programas iconográficos de retablos y capiteles, con los repertorios de los bestiarios y con toda la tradición de los miniaturistas de los scriptoria. Veamos dos ejemplos de la relación establecida entre experiencia religiosa femenina-Biblia-arte.
Herralda de Hohenburg
El monasterio de Santa Odilia –situado en el monte del mismo nombre de la llanura alsaciana- es el resultado de sucesivas fases arquitectónicas, en las que prevalecen las estructuras del siglo XVII. Dos mujeres destacan en este enclave monástico: Relinda y Herralda de Hohenburg.
Relinda está considerada como una segunda fundadora, porque a mediados del siglo XII restauró el edificio e impulsó una nueva espiritualidad. Monja culta y versada en el arte de la decoración miniada, concibió una Summa de la Historia de la Salvación, que es el Hortus Deliciarum, que concluirá su discípula Herralda.
Apenas hay datos de la vida de Herralda. Era una mujer alsaciana, noble y culta. Sigue la senda de su predecesora en cuanto a la organización del monasterio y, sobre todo, en el establecimiento de lazos con las dos abadías agustinas de varones que disponían de scriptorium: Etival y Marbach. Es posible que Herralda comenzase a trabajar como miniaturista en el scriptorium de la abadía bajo la dirección de Relinda, y que posteriormente asumiese la dirección de la obra implicando a monjas y canónigos del entorno. La realización duró 20 años.
El Hortus es un tratado que versa sobre la historia de la salvación dividido en cuatro partes. 1) Génesis, Éxodo y Libros Históricos; 2) Evangelios y Hechos de los Apóstoles; 3) Tratado de eclesiología; 4) Adviento-parusía-Juicio final siguiendo un fundamento bíblico [il.17]. Estos capítulos están ilustrados por unas miniaturas que no sólo explican el texto, sino que en sí mismas resultan un vehículo para la comprensión de la historia de la salvación. Las miniaturas originales se perdieron en la guerra franco-prusiana de 1870, pero se conocen gracias a la monumental obra crítica de la primera mitad del siglo XIX que reprodujo mediante calco y dibujo policromado la casi totalidad de las imágenes [il.18].
La obra denota un conocimiento exhaustivo de los Padres de la Iglesia, de los pensadores medievales y del método alegórico en la exégesis bíblica. Las claves de lectura son múltiples y dispares: Claudia Poggi sugiere seguir un hilo conductor a partir de todos los pasajes que versen sobre figuras femeninas, tanto bíblicas (Eva, Sara, Rut, María) como simbólicas (luna, tierra, mujer apocalíptica), comparándolas con las imágenes. Destacan también las personificaciones femeninas de conceptos abstractos, como por ejemplo las artes liberales [il.19].
60 monjas pintando pone de relieve que para los medievales la imagen es más que una expresión artística: es una narración integrada. Las ilustraciones van tituladas en alemán y en latín, con zonas coloreadas y zonas en blanco para las inscripciones [il.20]. El cortejo de las músicas israelitas ilustra la felicidad de Israel por haber huido de la esclavitud: en primer lugar aparece Moisés seguido por su hermana y otras mujeres que portan instrumentos y cantan; los hombres aparecen en un segundo plano y dejan todo el movimiento a las mujeres [il.21]. Son muy interesantes los detalles de la vida cotidiana, como la silla bizantina que monta María en la huida a Egipto, el molino de agua o los tronos con almohadones donde se sientan Salomón y la reina de Saba.
Herralda, Hildegarda de Bingen, Teresa de Cartagena, Juliana de Norwich y tantas otras son mujeres que viven el monasterio como un espacio privilegiado para el desarrollo de la espiritualidad femenina. Van a ser las precursoras de las beguinas flamencas, de las bibliotecas femeninas de los siglos XVI y XVII, de los salones de las nobles del siglo XVIII, y de las asociaciones femeninas de los siglos XIX y XX que promoverán el estudio de la Biblia y el sufragio.
En palabras de Adriana Valerio, la historia del medievo y posteriormente de la edad Moderna no se puede hacer sin la historia de las religiones. Y la historia de las religiones no se puede llevar a cabo sin hacer historia de las mujeres: todos los movimientos religiosos, tanto ortodoxos como heréticos, han visto en las mujeres capacidad creadora de espiritualidad original y autónoma.
La Biblia Pauperum
¿Percibieron los pobres, y entre ellos las mujeres, algo de la cultura de su tiempo? Los educadores del pueblo fueron los predicadores –dominicos y franciscanos- que congregaban a las multitudes en las fiestas. Toda la ciudad reunida para escucharlos en las plazas o en las iglesias. Estos discursos están apoyados con los simulacros, con las equivalencias visuales, con las representaciones dramáticas y con una práctica curiosa: el reparto de imágenes piadosas en hojas de pequeño formato que se podían llevar bajo la ropa [il.22].
A finales del siglo XIV los progresos técnicos (la xilografía) hicieron accesibles esas imágenes que se adelantan 60 años a la imprenta. De esta forma, se divulgaron libritos historiados llamados Biblias de los pobres con imágenes y algunas frases cortas. En el centro de la hoja se colocaban las escenas de la vida de Cristo, y alrededor escenas del Antiguo Testamento que reforzaban la enseñanza evangélica: bautismo/mar Rojo; Última cena/el maná, etc [il.23].
Además de los libros existían unas hojas dispersas volantes que reproducían de manera esquemática los temas principales de la pintura y la escultura. Estas imágenes poco costosas muestran cómo se derramaba la imaginería de la devoción: escenas terribles, sangre, el Niño Jesús, la muerte de los justos etc. Este arte es el de una clase media, una burguesía urbana adoctrinada por los sermones de los dominicos y por las representaciones de los misterios [il.24].
¿Y el campesinado? Percibía más de lo que creemos. El espíritu de hombres y mujeres ordinarios entre 1400 y 1430 fue invadido por visiones múltiples: lo invisible no era menos presente que lo real. Frescos, estatuas y retablos están en el inconsciente colectivo. Sin ir más lejos, una mujer como Juana de Arco tiene sus sueños poblados de figuras concretas [il.25].
Coleccionistas y mecenas de las artes
No quiero terminar estos breves apuntes sobre la experiencia bíblica de las mujeres anteriores a la Reforma Protestante y el Concilio de Trento, sin referirme a la labor de coleccionismo y mecenazgo que desarrollaron las mujeres de la dinastía Habsburgo en los siglos XV y XVI. No se trata de una mera recopilación de objetos, que como se suele decir, corresponden a un carácter femenino, sino al papel desempeñado por las mujeres en el campo de las artes como promotoras y directoras de talleres artísticos dedicados a variadas materias, y como promotoras y directoras de importantes programas iconográficos, siendo la Biblia una de las principales fuentes de inspiración, destinados a sus residencias y a sus fundaciones religiosas. Esta labor está estrechamente vinculada con una amplia cultura fundamentada en sus bibliotecas. Tres son los tipos de piezas favoritos de estas mujeres: las tablas de los primitivos flamencos, los relicarios y objetos exóticos destinados a las llamadas cámaras de maravillas y las tapicerías. Por razones de tiempo, voy a dedicar unas breves palabras a los tapices salidos de los telares bruseleses, que constituyen el fondo de las actuales colecciones de Viena y Madrid.
Margarita de Austria (1480-1530) es hija de Maximiliano I y María de Borgoña y viuda del hijo de los Reyes Católicos. Fue gobernadora de los Países Bajos desde 1500 hasta 1530. El inventario de sus bienes da cuenta de todo lo que reunió en su palacio de Malinas, destacando los tapices. A ella debemos la serie de la Pasión de Cristo [il.26].
Juana, llamada la loca (1479-1555) es hija de los Reyes Católicos y mujer de Felipe de Borgoña. Vivió en la corte flamenca hasta 1502. Mujer olvidada por su enfermedad y reclusión, fue una de las reinas más cultas y refinadas de su tiempo. Entre sus objetos destacan los Paños de Oro sobre la Vida de la Virgen, cuyos motivos centrales están enmarcados por escenas del Antiguo Testamento, inspirados en cartones de Quintín de Metsys y tejidos por Pierre Van Aelst. Fueron concebidos a modo de retablo y estuvieron en los oratorios privados de Carlos V en Yuste y de Felipe II en el Escorial [il.27].
María de Hungría (1508-1558) es hermana de Carlos V y tuvo dos residencias: un palacio en Bruselas y el castillo de campo de Binche. Fue también gobernadora de los Países Bajos y mantuvo una estrecha relación con el emperador Fernando I y con Felipe II, que fue quien heredó todos sus bienes. Gracias a su testamentaría se sabe que ordenó tejer las siguientes series: La historia de Moisés, basada en cartones del círculo de los romanistas que copiaron las logias de Rafael [il.28]; la historia de Tobías [il.29] y la historia de San Pablo basadas, ambas, en los cartones de Pierre Coecke d’Alost; y la historia de Abraham inspirada en los cartones de Bernard Van Orley [il.30].
MUNDO MODERNO
La influencia de la Reforma Protestante y del Concilio de Trento se va a dejar sentir de manera particularmente notable en el mundo espiritual de las mujeres. Mientras que las seguidoras de la Reforma utilizan la Biblia como fuente de inspiración religiosa, las de obediencia católica se ven privadas de la Escritura, viéndose obligadas a acudir a textos devocionales y hagiográficos. Esta relación, directa en unas e indirecta en otras, con la Biblia se manifestará en los programas iconográficos de los siglos XVII, XVIII y XIX.
Católicas
Las normas de Trento implantaron una serie de controles férreos que impidieron el libre acceso a los libros. Estas normas enlazan con la línea ideológica del primer índice de libros prohibidos de 1559 y con los sucesivos de 1612 y 1632. El pueblo en general, y las mujeres en particular, quedaron excluidos de la lectura directa de la Biblia (no así los varones doctos). El conocimiento de la Escritura se realiza a través de una cuidadosa selección de textos insertos en libros devocionales y espirituales y por las citas de los misales y del breviario que estarán en latín. Por tanto, el catolicismo mediterráneo se estructuró lejos de las fuentes directas de la fe. Esta misma atrofia de la dimensión literario textual generó una sobreabundancia del elemento visual como mediación fundamental de la fe. Veamos en un programa iconográfico concreto cómo se desarrolla la peculiar relación entre las católicas y la Biblia.
La capilla de la Virgen de Guadalupe del Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid [il.31] (fundación de la princesa Juana de Portugal en 1559, hermana de Felipe II e hija del emperador Carlos V) [il.32] se encuentra en el claustro alto y es una de las más interesantes del convento. Curiosamente, sólo se le ha dedicado un pequeño artículo en la revista Reales Sitios en 1967 a raíz de la apertura de la visita pública en 1961. Hasta entonces era desconocida. Sin embargo, su estructura arquitectónica y su iconografía hacen de ella un singular ejemplo del barroco español con paralelos en otros enclaves monásticos [il.33].
La capilla se compone de 68 paneles pintados al óleo sobre espejos que discurren sobre las tres gradas del altar y alrededor de las paredes, insertos en molduras de madera tallada y dorada: los espejos de las paredes representan mujeres del Antiguo testamento; los espejos de las gradas muestran escenas alegórica de la Virgen; el frontal de altar está decorado con un espejo octogonal pintado al óleo con la Inmaculada. La decoración está realizada por Sebastián Herrera Barnuevo (que será pintor de cámara del rey Carlos II) en 1653, y encargada por Sor Ana Dorotea de Austria [il.34], hija natural de Rodolfo II de Alemania y profesa desde 1628: los nombres de padre e hija junto con sus escudos de armas se encuentran en las puertas de la capilla.
Las 21 escenas de las paredes están dedicadas a heroínas bíblicas del A.T., cuya vida prefigura y glorifica a la Virgen[il.35]: son figuras jóvenes y bellas con sus nombres en oro y sus atributos iconológicos [il.36]. La colocación está hecha por parejas que guardan un cierto paralelismo, Ej: la reina de Saba ante Salomón, al lado de Ester ante Asuero; Rut presentando las espigas a Noemí, al lado de Ana, madre de Samuel presentando su hijo al templo [il.38]. La indumentaria de las mujeres se inspira en los maestros venecianos renacentistas, cuya costumbre fue diseñar vestidos fantásticos y exóticos relacionados con el teatro para el mundo del A.T., [il.39] ej: destacan los atuendos de Ester y Rebeca; concretamente el vestido de Rebeca se repetirá en Rut y la reina de Saba [il.40]. Las escenas denotan un cuidadoso estudio de las obras bíblicas de pintores como Tiziano y Tintoretto comprados por Velázquez en su segundo viaje a Italia para la colección real española. La influencia veneciana se nota también en las posturas y en la gama de colores usada: azul, blanco, amarillo, verde, diferentes tonos de rojo, pardo y negro [il.41].
La ornamentación sigue fielmente el libro conservado todavía en la biblioteca monacal escrito por Martín Carrillo en……. y titulado, "Elogios de mujeres insignes del viejo testamento", dedicado a sor Margarita de la Cruz (hija de la emperatriz María de Austria y destinada a ser la quinta mujer de Felipe II) [il.42]. Son 47 capítulos que glosan las figuras de 54 mujeres, con las referencias de las citas bíblicas en los márgenes, los breves textos originales están tomados de la Vulgata, y se culmina con el soneto de un poeta contemporáneo. Es un claro ejemplo de cómo las católicas acceden a la Biblia a través de un libro espiritual, y cómo el texto se transforma en imagen para ser contemplado de manera pedagógica por una comunidad. El autor escribe el libro para destacar la santidad, nobleza, valor, ánimo y virtudes de las más famosas de la ley antigua, y que se vea que en todos los tiempos ha concedido Dios a la tierra mujeres santas a quien respetar, nobles a quien honrar, valerosas a quien loar y virtuosas a quien imitar [il.43]. Era forzoso encontrar algunas viciosas, crueles, astutas, adúlteras, libres, desenvueltas y hechiceras a quienes la Escritura reprende: Dalila, Jezabel, Dina, Betsabé, la mujer de Putifar…cuya vida se registra para que sirvan de ejemplo a las virtuosas de lo que no se debe hacer. Nos encontramos con el programa que instaurara Vives sobre la instrucción de la mujer cristiana, que es aplicable a todos los estados de mujeres. Las doncellas aprenderán a ser recatadas y no ser vistas en Dina; las que se han de casar no lo han de hacer sin voluntad de sus padres, como Rebeca; las casadas respetarán a sus maridos, como Sara; las nueras venerarán a sus suegras, como Rut; las suegras tratarán a sus nueras como Noemí; las mujeres educarán a sus hijos para Dios, como Ana, madre de Samuel; las viudas aprenderán de Judit; las mujeres serán prudentes como Ester; las mujeres serán modestamente sabias, como Débora [il.44].
Las 46 escenas de los escalones presentan símbolos vegetales y animales con frases del A.T. en claro paralelo con acontecimientos del N.T., que van desarrollando la vida de la Virgen según el apócrifo de la Infancia de María. Ej: la educación de la Virgen, tan representada en estos momentos como ejemplo para las mujeres, se representa con un costurero, un libro (que no es la Biblia, sino un devocionario), y un trozo de pan, más la inscripción de los Proverbios, "Et panem otiosa non comedit" (Primero atada por un solemne voto) [il.45].
Las pinturas alegóricas del altar muestran una ferviente fe en los principios inmaculistas, como resultado de la actividad de los franciscanos (orden de las Descalzas) y de la monarquía Habsburgo, para lograr la proclamación del dogma. Como hubo una fuerte controversia en torno a la Inmaculada, la capilla se dedicó a la Virgen de Guadalupe (imagen actualmente perdida), que era muy venerada entre las damas de la corte: Sor Margarita de la Cruz le envió el manto de oro y perlas que llevó en la ceremonia de despedida del mundo.
Veamos, en último término, la consideración de la estampa religiosa como vehículo de conocimiento y devoción de personajes del A.T. y N.T. (dejamos al margen la proliferación existente sobre las advocaciones marianas y los santos). La estampa es un objeto muy barato, de pequeño tamaño, y por tanto de uso privado para todos los estamentos sociales, sean laicos o religiosos, pero preferentemente para mujeres y para personas sin acceso a la lectura. La estampa era introducida en los libros de devoción; se podía insertar en un escapulario que se colgaba al cuello; las clases sociales más humildes las pegaban en las paredes con obleas o migas de pan como protección y devoción; las clases más acomodadas las enmarcaban para los gabinetes y los oratorios privados, alternando con pinturas y objetos de pequeño formato; y las monjas las ponían en las celdas o las colocaban en pequeños altares adornados con papeles de colores, lentejuelas y accesorios, esto era conocido como labores de monja.
Llama la atención que única representación en estampa de una mujer relacionada con la Biblia, en este caso con el Nuevo Testamento, a partir del siglo XVII que ha llegado hasta nuestros días es la Magdalena penitente, que se construirá al término del Concilio de Trento. La iconografía de la Magdalena barroca la presenta en la cueva con la calavera, el crucifijo y los símbolos de la pasión, y el breviario, que no la Biblia. En la devoción popular influyó enormemente la penitente de Guido Reni (c.1633. Galería de Arte Antica, Roma) [il.46], debido a las copias que realizaron los miniaturistas en esmalte, alabastro o venturina, y a los grabados que se hicieron de ella y que circularon en estampas, novenas, devocionarios y misales hasta el siglo XX. Aparece en una cueva recostada sobre las rocas con la mirada elevada hacia los dos ángeles de la parte superior y la mano izquierda apoyada en la calavera. Su mirada lánguida está muy en consonancia con el pietismo que se instalará a partir de la segunda mitad del XVII [il.47].
No es fácil sustraerse a la sospecha de que esta ausencia de representación en estampas de cualquier mujer protagonista en los libros y relatos bíblicos, tenga que ver con un distanciamiento de la espiritualidad católica contra la que reaccionará, precisamente, la Reforma.
Protestantes
La Reforma protestante estableció una relación directa entre el fiel y Dios, cuya palabra está contenida en la Biblia. El LIBRO, con mayúscula, pasa a ser el principal intermediario de la experiencia religiosa y su presencia se palpa continuamente en la vida cotidiana de hombres y mujeres. Un claro ejemplo de esta presencia constante se muestra en el grabado de Abraham Bosse que representa "La bendición de la mesa en una familia protestante"; el cabeza de familia rodeado de su esposa, de sus hijos y de los criados bendice la mesa; de la pared del comedor cuelga un cuadro que reproduce el capítulo 20 del Éxodo que dice: "No tendrás otro Dios que a mí" [il.48].
La presencia de la Escritura, que va a sustituir básicamente a las imágenes, se realiza a través de su lectura diaria. Una de las prácticas fundamentales del mundo protestante va a ser la lectura en alto de la Biblia en familia, que lee el padre (téngase en cuenta que hay un alto porcentaje de población que no sabe leer, y que la Biblia es un objeto caro para muchos estamentos sociales, por eso sólo hay una por familia). La lectura se realiza dos veces al día: por la mañana y por la noche. El cuadro de Jean Baptiste Greuce hecho en 1775, y conservado en una colección particular, representa la familia campesina y patriarcal escuchando atentamente al padre que lee la Biblia a su mujer y a sus hijos [il.49].
Otra práctica de lectura de la Biblia es la que lleva a cabo el pastor en el culto dominical (magníficos los grabados de Bernard Picart sobre las costumbres religiosas del siglo XVII). No olvidemos que hasta finales del siglo XVII la Biblia la tiene solamente el pastor, el candidato a ministro, la biblioteca parroquial y el pater familias. Hasta el momento, las mujeres aparecen exclusivamente como meras oyentes de la palabra leída: están excluidas de ser lectoras tanto en el ámbito doméstico, como en el ámbito público; en uno lee el marido, en el otro el pastor [il.50].
A finales del siglo XVII, y como consecuencia de la alfabetización, la Biblia se convierte en un libro de todos. Esta popularización del objeto material hace que la práctica de la lectura diaria deje de ser exclusivamente comunitaria: a partir de ahora, además de la lectura familiar y dominical, la lectura de la Biblia se va a abrir a otros ámbitos y, sobre todo, va a empezar a ser dirigida por mujeres. Gerard Dou, en un lienzo custodiado en el Louvre, "Lectura en voz alta de la anciana", representa una lectura campesina en una cocina, que interrumpe el trabajo cotidiano. La mujer sostiene el libro grande con ambas manos, dando cuenta de una lectura intensa que exige un gran esfuerzo no sólo de quien lee, sino también del que escucha; es este un magnífico ejemplo de lo que es una práctica doméstica popular diaria; es una escena de lo que se propone a las comunidades protestantes [il.51].
Una costumbre que se va a imponer a comienzos del siglo XVIII es la lectura en los salones femeninos: va a ser frecuente encontrar grupos de mujeres en los que una de ellas lee en voz alta para las demás. Los grabados de Chodowiecki del gabinete de estampas de la Biblioteca Nacional de París dan cuenta de esta costumbre femenina [il.52]. Por otra parte, van a ser las mujeres las encargadas de transmitir a la prole este hábito religioso y cotidiano. La educación de las niñas se va a convertir en una actividad familias fundamental, especialmente a partir de la irrupción de las ideas ilustradas. El lienzo de Gerard Ter Borch, "Práctica de la lectura bíblica" (1652. Louvre) es uno de los muchos ejemplos de la instrucción bíblica femenina [il.53]. Podríamos decir que tanto la moda de los gabinetes femeninos, como la enseñanza de la lectura, se convierten en el antecedente remoto de la Biblia de las Mujeres que dirigirá Elisabeth Cady Stanton a finales del XIX [il.54].
Finalmente, la Biblia va a ser también objeto de lectura privada, y más en concreto objeto de lectura privada femenina. El lienzo de Gerard Dou conservado en el Rijmuseum de Amsterdam, "La madre de Rembrant", representa a una mujer mayor con el libro entre las manos moviendo los labios y musitando las palabras para sí misma: este es un gesto necesario entre los lectores humildes con poco hábito de lectura comprensiva; obsérvese, además, que el libro contiene grabados con el fin de hacer más asequibles los textos. [il.55] El Museo Nacional de Estocolmo guarda una interesante pintura de Olof Fridsberg, "Ulla Tessin en su estudio", que muestra el gabinete de una mujer del norte de Europa lleno de objetos y de libros –entre ellos la Biblia- como signo de lo que es la intimidad femenina [il.56]. También Frans Hals pone de relieve la importancia que el libro sagrado tenía para las mujeres en el lienzo pintado en 1639 (Rijmuseum. Ámsterdam), "Maritje Claesdr Vooght", representa a la esposa del predicador Pieter Olycan con la Biblia en las manos [il. 57] (Resulta interesante establecer la diferencia entre los retratos de protestantes, que aparecen con la Biblia, de los de católicas, que siempre llevan el breviario o el Contemptus Mundi atribuido a Thomás Kempis, ej: Sor Jerónima de la Fuente de Velázquez, 1620, Museo del Prado) [il.58].
Quedaría incompleta esta exposición, si no me refiriera al desplazamiento que se opera en los siglos XVII y XVIII del centro de gravedad de la expresión de la religiosidad, que en adelante va a estar en el ámbito doméstico, una vez que las imágenes y otras mediaciones plásticas han quedado suprimidas en el ámbito sacral de los templos. La pintura holandesa de los siglos citados plasma elocuentemente la vida cotidiana de las diversas capas sociales, alejándose de la mitología, de los retratos reales y, sobre todo, de los pasajes religiosos. Por tanto, los espacios domésticos, que son, por otra parte, espacios especialmente femeninos, van a acoger, como elementos decorativos, objetos artísticos religiosos. Johannes Vermeer es quizá el pintor holandés que mejor ha plasmado la vida doméstica burguesa. "La mujer pesando perlas" (1665) muestra a una vendedora de gemas en su cuarto, de cuya pared pende un lienzo que representa el Juicio Final: este pasaje no está por casualidad, sino que pone en cuestión la actividad de la mujer: ella pesa las perlas y Cristo pesa las almas [il.59]. En "La carta" (Col. Beit, 1667) presenta a una damita escribiendo una carta con su criada: al fondo en la pared pende un lienzo que representa a Moisés salvado de las aguas [il.60].
Me gustaría que estas reflexiones les hayan resultado de interés y hayan logrado ilustrar por anticipado lo que va a ser la parte iconográfica del proyecto editorial, "La Biblia y las mujeres".