EFETA

Escuela Feminista de Teología de Andalucía

Galería de Arte e Historia

EL DIOS CÓMPLICE DE MARÍA E ISABEL

Isabel Gómez-Acebo

Este artículo se publicó en la revista Belén 24 (2005) 13-20

UN VIAJE SORPRENDENTE

Todo el relato de la visitación nos va a llevar de sorpresa en sorpresa, máxime si nos ponemos en la mentalidad de una sociedad rural mediterránea del siglo I. Ya resulta extraño que lo primero que hace María, tras el anuncio del ángel, sea ponerse en camino para visitar a su prima Isabel. La distancia entre Nazaret y el terreno montañoso de Judea es grande, pues se calcula que no hay menos de tres o cuatro días de marcha y eso atravesando Samaria, una comarca que por las malas relaciones con los judíos se solía evitar. Pero, además, nos dice Lucas que la joven sale sola. Los caminos no estaban desprovistos de bandoleros, lo que la somete a la posibilidad de unos evidentes peligros físicos, pero incluso vencidos éstos, quedaba la mala reputación que ese viaje supondría para una joven casadera a los ojos de sus contemporáneos.

Tan es así, que prácticamente no tenemos cuadros en los que aparece María realizando este viaje, detalle que contrasta con la huida a Egipto. De esta última tenemos representaciones en las que aparecen Jesús, María y José utilizando los servicios de un burro. ¿Por qué el viaje de María en solitario no ha trascendido ni al arte ni a la evangelización? Porque Lucas se salta todas las convenciones sociales con el deseo de que dos personajes claves de su evangelio puedan encontrarse aunque sea a través de sus madres.

Tan escandaloso es el viaje, que hay quienes defienden que la ignorancia de la geografía de Palestina ha hecho que Lucas incurriera en un error calculando mal las distancias. De todas maneras, nos tenemos que quedar con la idea de que no era bueno que las mujeres vieran un ejemplo de actuación en esta actitud. Una María que aparece independiente y dueña de sus actos no era lo más recomendable.

Sin entrar en el tema de la historicidad de los relatos de la infancia, Lucas nos presenta a María con un cuadro de valores distinto al que puedan tener sus vecinos. El destino de una mujer embarazada no se limita a parir y criar hijos, sino que tiene que ampliar su horizonte mucho más. El horizonte de una mujer que sigue a Cristo se extiende hasta donde la lleva el papel que le ha encomendado su fe.

Algo así podemos leer cuando la joven se mueve impulsada por un Dios próximo a inaugurar una nueva era que va a suponer un cambio radical en las relaciones sociales [il.1- Tapiz. Dios Padre. Bruselas. XVI. Palacio Real de Madrid]. Dios la inspira a dejar atrás un mundo de reclusión femenina y a seguir los caminos de Israel. Una actitud que preconiza lo que van a hacer las primeras mujeres cristianas, las que siguieron a Jesús desde Galilea y que luego extendieron la buena nueva por todo el imperio. No era malo que una de las primeras páginas de la buena noticia del evangelio ya mostrara sorpresas que fueran llamando la atención sobre su desarrollo posterior.

DEL TEMPLO A LA CASA

Cuando María llegue a casa de su prima también se va a encontrar con fuertes cambios. El marido de Isabel. Zacarías, era sacerdote y poco antes de la anunciación había sido afortunado para oficiar en el templo de Jerusalén. Un lugar que era el ombligo del reino de Israel y de todo el judaísmo. Yahveh llenaba con su presencia el recinto, lo cual le convertía en un lugar idóneo para sus apariciones [il.2- La visión de Zacarías. Juan de la Corte. XVII. Palacio de Riofrío, Segovia]. Mientras estaba desarrollando sus funciones, se le aparece un ángel que le trae la noticia de que iban a ser padres pues Dios había escuchado su ruego. Tras el temor por la aparición del ángel, sigue la duda porque Zacarías exige pruebas. Tanto Isabel como él mismo han pasado ya la edad de las posibilidades de embarazo. No cree posible que en sus circunstancias se den hechos parecidos, no le basta la fe y pretende un mayor conocimiento que a priori le es negado.

Pero las dudas no paralizan la acción de Dios que convierte en signo al propio Zacarías al dejarle sordomudo. Un signo que tiene una doble función, pues por un lado es punitivo y por otro sirve para mantener el secreto del embarazo por un tiempo. El tiempo necesario para que María no lo conozca antes de su anunciación y para que las dos mujeres nos dejen en herencia una preciosa página del evangelio. Posiblemente con un sacerdote en plena forma, Lucas no se hubiera molestado en transcribir estas líneas. Era preciso que enmudeciera para dejar paso a la palabra de las mujeres.

El pueblo se inquieta, pues el sacerdote no sale, y temen que le haya pasado algo. Lo extraordinario se confirma cuando, tras salir Zacarías, es incapaz de pronunciar la bendición preceptiva [il.3- Zacarías. Escuela española. XVII. Descalzas Reales, Madrid]. Algo le había pasado durante la celebración. ¿Nos querrá decir Lucas que todo el problema de Jesucristo se origina cuando el sistema del templo anquilosado fue incapaz de entender sus propuestas?

Lo que está claro es que igual que en el viaje anterior, cuando Dios impulsa a María, ahora va a contribuir con sus actos a un cambio de protagonismos. Si el templo y el sacerdocio se llevaban la alma en el antiguo régimen, la nueva era inaugura una organización inédita. Todos los seguidores de Cristo se convierten en sacerdotes que no precisan de templos para el sacrificio de su vida. Un sacrificio intransitivo que no quema víctimas sino que arde por sí mismo.

Dios escoge para representar este nuevo eón a dos mujeres que se encuentran en una modesta casa [il.4- Visitación. Francisco Salzillo. XVIII. Museo Salzillo, Murcia]. El templo, lugar sagrado por excelencia, deja paso al humilde hogar. El varón enmudece, cuando era el único portavoz autorizado en la sociedad israelita, mientras que las mujeres hablan. Unas mujeres de las que se valoraba su silencio como mayor virtud. La palabra también se le quita al sacerdote como representante de un viejo modo que ha quedado obsoleto para concedérsela al laico representado por las dos mujeres. Detrás de todas estas imágenes podemos tener la práctica de las primeras comunidades cristianas que se fueron formando fuera de Jerusalén y que celebraban la cena del Señor en casas particulares. Lidia, la madre de Marcos, Priscila, Junia... son mujeres que protagonizaron escenas del Nuevo Testamento como ahora lo hacen las dos primas [il.5- Visitación. M. Reichlich. 1485. Alte Pinakhotek, Munich].

Pero esta actitud empujada por un Dios que mueve los hilos de la escena nos coloca de nuevo ante un cambio de paradigma que a más de uno le haría temblar y que desgraciadamente no fue seguido por muchos judíos. Tampoco por cristianos posteriores que copiaron las fórmulas del viejo régimen incapaces de asumir las nuevas. Pronto enmudecieron las Junia y Priscila de turno ¡Que las mujeres se callen en las asambleas! A aquellas las callaron, pero éstas contaban con un Dios cómplice que comprendía las esperanzas de dos mujeres embarazadas y quería que las expresaran en alta voz, ya que las impulsaba y compartía [il.6- Visitación. F. Bayeu. 1792. Palacio de El Pardo, Madrid].

EL ENCUENTRO DE DOS MUJERES

María ha llegado a Ain Karim, un pueblo a 8 km de Jerusalén donde la tradición ha colocado la visitación. Lucas nos dice que viajó apresuradamente. Me gusta pensar que su prisa es porque quiere compartir con su prima experiencias comunes no fáciles de hablar con personas ajenas a estos hechos y que no las hubieran creído. La mujer mayor en plena menopausia y la adolescente que no conoce varón ¿embarazadas?

María se encuentra con Isabel a la que saluda sin que Lucas nos diga la fórmula que utiliza, con lo que podemos echar la imaginación a volar. ¡Te tengo que contar! Y contarían y contarían pues había temas para estarse horas haciéndolo [il.7- Visitación. Pontormo. 1528. Museum der Bildenden Künst, Leizpig]. No sabemos si María estaba ya embarazada, pues algunos exegetas piensan que todavía las palabras del ángel no se habían hecho efectivas. Entre éstos, San Agustín, que afirma que María concibió a Jesús antes en el corazón que en el vientre. De cualquier manera, es seguro que la conversación se centraría en los nuevos niños y en los planes de Dios que posiblemente no entenderían bien y que precisaban aclaraciones.

LA RESPUESTA DE ISABEL

Curiosamente la primera respuesta al saludo de María viene del feto que lleva en el vientre Isabel, pues la criatura da un salto que su madre se apresura a explicar [il.8- Visitación. Darte. 1435. Staatliche Berlín]. Las madres conocen las reacciones de sus hijos muchas veces antes de que se produzcan. Ella es consciente de que no era un salto cualquiera sino que estaba impulsado por el gozo de la nueva presencia. Ante lo asombroso del hecho y para que no haya errores, la explicación viene de la mano del Espíritu Santo, lo que demuestra que Dios sigue presente moviendo los hilos de la historia. Pero el mensajero de Dios ya no es el ángel que visitó a María, sino que Dios utiliza a Isabel e incluso a su hijo embrionario para sus propósitos. ¡Qué testigos y profetas más sorprendentes se busca Dios!

Isabel bendice a la joven y al niño que lleva en su vientre siguiendo toda la tradición judía de considerar a las mujeres en su capacidad de vientres reproductores [il.9- Visitación. Ghirlandaio. 1491. Museo del Louvre, París]. Todavía ella pertenece al mundo del Antiguo Testamento y no conoce las puertas que Jesús va a abrir al mundo femenino. Es la primera vez que se escucha una bienaventuranza en el evangelio, pero en este mismo episodio se volverá a oír.

La mujer mayor se asombra del favor que le ha concedido Dios de contar con la presencia de María en su casa, pues al llamarla madre de mi Señor le reconoce al niño su identidad. Es el Señor de Isabel y lo va ser de todo Israel. Mientras que muchos no fueron capaces de reconocerle en su vida pública, ella, inspirada por el Espíritu, no tiene problemas para, ante la presencia de María, vislumbrar el futuro [il.10- Visitación. Masip. 1435. Museo del Prado, Madrid]. Emplea una frase semejante a la que utilizó su prima con el ángel y que demuestra su humildad, ya que se está considerando inferior a su visitante. Es la humildad de una mujer que se asombra que Dios la ya escogido para formar parte de este trozo de la historia. Se admira, bendice y se llena de alegría. ¿Quién soy yo? Pregunta. Nos encontramos ante dos mujeres humildes que no esperaban esos favores de Dios y que no se vanaglorian de su nueva situación.

La bendición de Isabel abarca también la fe, la bendice porque ha creído y le asegura que las palabras del ángel se cumplirán. Sigue la línea que marcaron las palabras de Jesús a la mujer jerosolimitana que bendijo a su madre como pechos y vientre [il.11- Visitación. Piero di Cosimo. 1489. Nacional Gallery de Washington]. Ni la maternidad de su madre ni la de ninguna mujer cristiana se termina ahí, sino que tiene que dar el gran salto al que empuja la fe, que en el caso de María supuso hacerse discípula de su Hijo.

Mientras tanto, Zacarías, un sacerdote versado en las Escrituras y conocedor de la faceta de hacedor de milagros de Dios, no había creído el mensaje del ángel. En cambio la joven ignorante y casi niña no había tenido problemas para creer a su visitante aunque su mensaje la podía producir muchas dificultades.

EL CANTO DE MARÍA

María no puede reprimir por más tiempo su gozo e irrumpe en un himno de alabanza, el Magnificat, pues la experiencia abrumadora de la grandeza de Dios con la que se ha encontrado la obliga a exaltarlo [il.12- Anunciación, Visitación. Broderlam. 1393. Musée de Beaux Arts de Dijon]. Es algo que le sale espontáneo y que se centra fundamentalmente en la faceta salvadora de Dios. Un Dios que se fijó en ella con mirada de madre afectuosa, y que hizo grandes cosas sobre su persona que harán que las generaciones la consideren bendita. Es a partir de ese momento en que se ha considerado personalmente salvada y por ello goza de un sentimiento que compartirán todos los que sean capaces de entender las claves de esta faceta divina.

Pero además, apunta a que lo que Dios ha hecho por ella se va a extender como una gran mancha de aceite sobre el mundo. El gran argumento en el que apoya su esperanza es en la misericordia de Dios que está abierta a todos. Una esperanza universal que se va a centrar primero en arreglar las desigualdades de este mundo, pues como buena madre sabe que los hijos menos favorecidos están los primeros en el corazón de Dios [il.13- Visitación. Escuela burgalesa. XVI. Monasterio de las Huelgas, Burgos].

Por eso entiende que el nacimiento del nuevo niño va a acabar con los privilegios y opresiones de algunos entrando de lleno en los tres planos de la convivencia humana: económico, social y político. El Dios grande del Magnificat se enfrenta a los presuntamente grandes de este mundo y para Dios ya sabemos que no hay nada imposible. Dios saldrá ganador por mucha oposición que encuentre.

El Magnificat tampoco deja de lado a Israel porque tiene una perspectiva nacionalista que responde a las esperanzas del pueblo elegido del que María forma parte y que son cumplidas en la persona de Jesús.

La complicidad de Dios

Dios ha movido sus hilos y las dos mujeres han entendido las claves por las que la acción de Dios discurría. Y no es de extrañar pues las tres partes comparten un útero misericordioso [il.14- Visitación. Giotto. 1309. Capilla Scrovegni, Padua].

Tenemos que reconocer que a pesar de que en teoría Dios no tiene sexo, en la práctica le hemos convertido en un varón. Eso sí, no siempre la Biblia ni la teología han podido reprimir brotes femeninos en su persona. "A su imagen los creó, varón y mujer, los creó" apoya la idea de que en las intenciones del Creador estaba participar por igual de la imagen de los dos sexos. Y nos encontramos textos en la Escritura que apoyan estas palabras.

Si Isabel bendecía a María como vientre preñado de su Señor era porque la imagen que mejor describía a las mujeres del Antiguo Testamento era esa. Una imagen hija de la necesidad del pueblo elegido de multiplicar su número, lo que no era fácil ante la mortalidad infantil. [il. 15- Visitación. Anónimo español. XVI. Monasterio de Santa Isabel de Madrid]. Es precisamente esta cualidad materna la que para los judíos hace a las madres misericordiosas por antonomasia, pues hay una intuición que comparten todos los pueblos y que consiste en la creencia de que las madres tienden a perdonar y a ayudar a sus hijos por encima de lo que se haría desde otras relaciones sociales.

Tan es así, que en hebreo la palabra rahamim, que tiene un sentido originario de útero materno, acabó expansionándose para significar compasión, piedad, misericordia y amor. La forma verbal supuso tener misericordia y el adjetivo equivalía a misericordioso. El resultado final es que se forma una metáfora que va de un órgano físico de una mujer, su vientre, a un modo psicológico de ser que supone la aplicación del concepto a todo aquel que demuestra interés por mejorar la situación de su entorno [il.16- Visitación. L. Giordano. XVII. Casita del Príncipe de El Escorial]. Creo que no nos puede extrañar que sea este adjetivo uno de los que con más profusión se le aplican a Dios en el Antiguo Testamento, tanto en los salmos como en la literatura profética. A un Dios que llevó en su seno al pueblo elegido, "los que habéis sido transportados desde el seno" (Is 46, 3), y que desde presupuestos más universales gesta a toda la creación, le encajaba a la perfección ese vocablo.

Comparten nuestros tres protagonistas la misma condición y muchos sentimientos que a esta condición se suman. Aunque de la vida de Isabel nada sabemos, tanto María como el propio Dios se van a caracterizar por la fidelidad inquebrantable a sus hijos. La madre de Jesús le sigue con frecuencia sin entender su mensaje, pues para la campesina conservadora no era fácil asimilar que muchas e sus creencias fundamentales no entraran en el programa de su Hijo [il.17- Nacimiento del bautista. Fra Angelico. 1428. Museo de San Marco, Florencia]. Un Hijo que se consideraba por encima de Moisés, del sacerdocio y del templo. Y sin embargo, y a pesar de todos los pesares, le siguió hasta el final, un final que le supuso estar al pie de la cruz cuando el resto de sus discípulos le había abandonado,

Esa fidelidad inquebrantable a sus hijos es también una característica del Dios de Israel..."¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?", le oímos decir a Isaías 49,14. Una característica que la encíclica Mulieris Dignitatem coloca en Jesús como revelación suprema de Dios. Un Jesús que se convierte en la encarnación terrena de ese principio femenino que es la fidelidad materna. Como un ovillo que se desenreda, esa fidelidad se caracteriza a su vez por una compasión que tiende a mejorar la situación de los hijos más desfavorecidos. Eso es lo que María de Nazaret nos canta en el Magnificat. Desde su condición de futura madre es capaz de entrar en el corazón del Dios materno y desde esa atalaya privilegiada describir un futuro de bienestar para todos. Los pequeños, los débiles, los pobres, los enfermos pasarán a primera fila pues la madre compensa volcándose con los hijos que más lo necesitan [il.18- Tapiz. Nacimiento del bautista, Zacarías recobra la palabra. Bruselas. XVI. Palacio Real de Madrid]
María, Isabel y Dios mismo nos invitan a entrar en esta dinámica. Según palabras de Eckhart todos hemos sido llamados a ser madres: "El Creador extiende este poder hacia ti desde su maternidad divina situada en su capacidad de dar eternamente a luz... La persona que fructifica da a luz desde la misma fuente de la que el Creador extrae el mundo eterno. Por este centro nos hacemos portadores de una maternidad fructífera".

En la medida en que entremos en esta dinámica compartiremos las inquietudes que aparecen en la escena de la visitación y que se van a desarrollar alo largo del evangelio. María fue llamada desde su condición de madre a ser discípula de su Hijo y nosotros desde nuestra condición de discípulo somos llamados a hacer de madres de Jesucristo, pues la evangelización no es otra cosa que hacer brotar la semilla de Jesús en los corazones de quienes no le conocen [il.19- Nuestra Señora de Belén. Escuela andaluza. XVII. Claras de Córdoba].