Galería de Arte e Historia
TESOROS DE LOS PALACIOS REALES ESPAÑOLES. UNA HISTORIA COMPARTIDA
PALACIO NACIONAL DE MEXICO DF Diciembre 2011-junio 2012
INTRODUCCION
La presente exposición tiene como fin ofrecer una panorámica de las circunstancias que rodearon la creación y evolución de las actuales colecciones reales españolas entre los siglos XV y XVIII, cuyos fondos, repartidos entre palacios y monasterios, son representativos de la historia de España como un estado que ha jugado un papel fundamental en el mundo a lo largo de los siglos, y cuya imagen ha llegado hasta nuestros días materializada en un rico acervo material, cultural y artístico, producto de las sucesivas aportaciones de los territorios que en algún momento fueron parte integrante de ella.
No se trata, por tanto, de abordar las manifestaciones y corrientes artísticas que caracterizaron al conjunto de la monarquía hispana, ya tratada por diversas exposiciones en los últimos años, y desde diferentes aproximaciones. Esta exposición plantea una visión desde el interior de las propias colecciones reales conservadas en la actualidad, mediante una selección de obras circunscritas fundamentalmente a sus propios fondos. Con ello se pretende explicar sus orígenes y su evolución para comprender las diferentes formas de transmisión de la imagen de la monarquía, bien como instrumento ideológico del poder, bien como reflejo de los gustos, creencias, y formas de vida de la familia real, materializados en los edificios y colecciones entre los que se desarrolló su vida a lo largo de cuatro siglos. A lo largo de cuatrocientos años, se percibe el papel desempeñado por las mujeres de la Casa Real y por las damas al servicio de la Corte. Reinas, gobernadoras, virreinas, fundadoras, mecenas, camareras reales, nodrizas, y otras tantas –unas veces de forma explícita, y otras entre los bastidores de la historia- han contribuido decisivamente a la conformación del renacimiento, barroco y neoclasicismo de España y el Nuevo Mundo.
En el planteamiento de la exposición subyacen cuatro ideas claves
En primer lugar, la complejidad de la historia de la monarquía española debida a constantes alianzas y procesos de expansión y retracción territoriales. Fruto esa política, vieron la luz las sucesivas aportaciones artísticas materializadas en un amplio y rico patrimonio que permite trazar una guía evolutiva de las formas artísticas.
En segundo lugar, una conciencia dinástica estrechamente ligada a una determinante religiosidad que condicionó en gran parte su papel como promotora de empresas artísticas.
En tercer lugar, las tres formas de coleccionismo que se advierten en las actuales Colecciones Reales: el promovido por el mero afán coleccionista de los/las monarcas; las colecciones forjadas a partir de objetos creados inicialmente con un fin utilitario, pero de excepcional riqueza o calidad como exponentes de la imagen del poder real y, por último, aquellas promovidas más tardíamente como instrumento de desarrollo social y económico del territorio, por medio de la fundación, patrocinio y desarrollo de las Reales Fábricas.
Se trataría pues de ofrecer una panorámica de las colecciones reales desde los Reyes Católicos a Carlos IV, para explicar cómo la imagen de la monarquía se sustenta en una serie de manifestaciones artísticas que en la actualidad conforman un vasto patrimonio excepcional, bajo una institución única en su género en el panorama internacional, tanto por su historia, como por su naturaleza, por la variedad de su legado artístico y por ser representativa en su conjunto de la historia de España. Desde los reinos medievales limitados en su influencia y extensión se fue construyendo un estado que adquiriría un papel predominante en la historia europea y mundial, cuya imagen se materializó en un magnífico acervo, producto de las sucesivas influencias y corrientes artísticas aportadas por los diferentes territorios que fueron formando parte de él.
ESTRUCTURACIÓN DEL DISCURSO EXPOSITIVO
La exposición se divide en nueve capítulos, que abordan los periodos y circunstancias que por un lado han condicionado el legado histórico y artístico desde la Baja Edad Media hasta la Guerra de la Independencia, y por otro la relación con el Palacio Virreinal de Nueva España. El límite cronológico en la primera parte viene dado porque dicho conflicto supuso un antes y un después en el coleccionismo real, y porque las mejores obras del patrimonio mueble e inmueble conservadas en las actuales Colecciones Reales son anteriores a 1808. Este límite también permite ofrecer una panorámica de las colecciones con anterioridad a los procesos de independencia americanos, y a la convulsa situación interna española que influyeron enormemente en la proyección de la imagen real y en su consiguiente transformación.
La corte itinerante: De la Edad Media a la Edad Moderna
El primer capítulo llama la atención sobre la importancia del carácter itinerante de la corte, desde los reinos medievales hasta el fallecimiento del emperador Carlos V. Se trataba de una corte en constante movimiento entre diferentes casas y palacios, que carecía de una sede permanente del poder real. Este hecho condicionó la comisión de obras de arte y la consecución de un programa edilicio en torno a una residencia central como sucedería posteriormente. Algunos edificios Trastámaras y anteriores pertenecientes a las coronas de Castilla y Aragón fueron el germen de las residencias reales posteriores y de los monasterios vinculados a la corona, de los cuales subsisten actualmente los Reales Monasterios de las Huelgas de Burgos habitado por monjas cistercienses, y de Santa Clara de Tordesillas habitado por monjas clarisas, los Reales Alcázares de Sevilla, y el Palacio Real de la Almudaina en Palma de Mallorca, así como vestigios arquitectónicos englobados en los palacios borbónicos como es la zona imperial del Palacio de El Pardo en Madrid.
El proceso de unificación territorial culminado por los Reyes Católicos y la posterior expansión territorial promovida por ellos, supuso la coexistencia de diferentes corrientes artísticas, desde las propiamente hispanas, hasta el importante protagonismo de las formas flamencas patente en cuadros, tapices, bordados y armas, muy apropiados para una corte itinerante: destacan las pertenencias de Isabel la Católica: (Retrato de Isabel la Católica. Juan de Flandes. c.1497. Palacio de El Pardo [il.1]); los paños flamencos, (Nacimiento de Jesús. Flandes. S.XV. Palacio Real de Madrid [il.2]), o la pintura de Juan de Flandes, (Políptico: la cena en casa de Simón. S.XV. Palacio Real de Madrid [il. 3]). Estas obras también son un claro ejemplo del papel determinante de la fe ligada al poder terrenal, y de la utilización de la obra de arte por parte de los Reyes Católicos como instrumentos al servicio de la imagen del poder regio.
La política matrimonial emprendida por Isabel y Fernando supuso la ampliación y fortalecimiento de los reinos hispanos con los restantes reinos europeos y con sus formas estéticas, ya presentes en algunos casos en la Península. La introducción de la Casa de Austria con Felipe el Hermoso, casado con Juana de Castilla, llamada “la loca” y, sobre todo, con su hijo, el emperador Carlos V, supuso una continuidad en las circunstancias que rodearon a la comisión de obras de arte, así como un cambio en la concepción de las mismas y en las corrientes artísticas dominantes (Catalina de Austria, reina de Portugal, hermana de Carlos V. Antonio Moro. C.1552. Descalzas Reales de Madrid [il.4]). Las tapicerías y el mobiliario civil y religioso continuaron condicionados por el carácter itinerante de la corte, pero ello no obsta para tenga lugar un enaltecimiento de la imagen del poder real y la construcción de la imagen imperial a raíz de la muerte de Maximiliano I de Austria en 1519. La tradición cristiana, la Antigüedad clásica y la mentalidad caballeresca transmitida por órdenes como el Toisón de Oro son puestas al servicio de Carlos V. La fe y las devociones consolidarían en esta época un protagonismo que caracterizará en el futuro a la monarquía católica y por tanto a sus colecciones y empresas artísticas.
La expansión territorial, política y militar, tuvo un papel fundamental no sólo en las campañas terrestres, sino también en las expediciones marítimas como se recuerda en repetidas ocasiones en las colecciones y en los vocabularios decorativos de una buena parte de sus objetos. Dicha expansión supuso una mayor presencia de los principales centros artísticos europeos.
Felipe II y el establecimiento de la capital en Madrid
Felipe II es la figura clave en la historia de las actuales colecciones reales debido a tres decisiones que han condicionado su desarrollo hasta nuestros días. El primer epígrafe dentro de este capítulo se centra en el establecimiento de la capitalidad del reino en Madrid, que supuso la creación de una sede permanente del poder. Ello supuso la transformación definitiva del Alcázar como palacio real sede de la monarquía culminando las reformas anteriores, entre las que destacó la ampliación de Carlos V. Estos aspectos se ilustran con planos y piezas del Alcázar, en los que destacan los aposentos de las reinas y sus oratorios privados, así como las estancias y oratorios privados de las camareras reales, como lo fue la condesa de Olivares. La capitalidad y las necesidades decorativas de las residencias reales también permitió un cambio en la concepción del tipo de obras encargadas para la corte.
El Alcázar se configuró al mismo tiempo como el centro de una red de palacios en los alrededores de Madrid, aprovechando en algunos casos pabellones Trastámaras y, en otros, creando nuevos edificios. Esta red estaba compuesta en un segundo nivel por palacios como El Pardo y Aranjuez; mientras que en un tercer nivel se situaban casas de campo y pabellones para las jornadas venatorias como la Torre de la Parada. Esta red se ilustra con diversas vistas de dichos reales sitios, incluidos los no conservados en la actualidad.
Un segundo epígrafe trata la trascendental decisión de La construcción del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, pieza clave para la monarquía española tanto por su planteamiento arquitectónico como por los usos a los que fue destinado. Las vistas exteriores e interiores del edificio ilustran claramente su monumentalidad. Su función se trata como panteón real y como sede e imagen del poder: (Esculturas orantes de Felipe II. Pantoja de la Cruz. Fin del XVI. Monasterio de El Escorial [il.5]; emperatriz María de Austria. Pantoja de la Cruz. Pantoja de la Cruz. C.1602. Descalzas Reales de Madrid [il.6]). Como monasterio, su programa iconográfico religioso ilustra las principales corrientes en boga en Europa, tanto a través de la colección de pintura ejecutada por maestros flamencos, españoles o italianos, como por las artes suntuarias: (Relicario, una de las once mil vírgenes. Juan de Arfe. c. 1560. Basílica de El Escorial [il.7]). El Escorial fue también concebido como un centro del conocimiento universal gracias a su biblioteca, representada por una selección de títulos.
El tercer epígrafe se consagra a la importancia de la herencia imperial gracias a Las disposiciones testamentarias de Felipe II como germen de las colecciones artísticas del Patrimonio Real, al haber considerado como inalienables de la corona española la Real Armería, la tapicería y la colección real de pinturas, que como es sabido constituye el corazón del actual Museo Nacional del Prado.
Los palacios y monasterios reales bajo los Austrias: De Felipe II a Felipe IV
El tercer capítulo expone el ambiente en el que discurrió la vida de la familia real, así como las fundaciones religiosas bajo su patronazgo, de gran trascendencia hasta la actualidad. A modo de introducción se debe recalcar la idea de la universalidad de la monarquía hispana para comprender la diversa procedencia de los objetos en los que se materializó la vida palatina, para lo cual se puede recurrir a muebles, textiles y libros representativos.
La diversidad de edificios y espacios aconseja considerar un primer epígrafe sobre La vida cortesana y coleccionismo real como un todo en lo referente a los bienes muebles creados para los palacios reales entre los siglos XVI y XVII. La decoración del Alcázar en el Renacimiento y en el Barroco ha dado lugar a una serie de colecciones creadas por un afán coleccionista propiamente dicho o por la conservación de objetos utilitarios guardados por su excepcional calidad y valor estético. Unos y otros ilustran las corrientes artísticas dominantes relacionadas con los territorios integrantes de la corona. Esta época constituye el Siglo de Oro del arte español bajo patronazgo regio, sin que ello impida la comisión de obras en otros centros de creación europeos ya tradicionales al servicio de la monarquía hispana como Italia y Flandes (Isabel Clara Eugenia. Frans Porbous. C.1599. Descalzas Reales de Madrid [il.8]).
En la decoración de las residencia reales jugaron un papel clave las galerías de retratos como instrumento de la conciencia dinástica con un marcado carácter conmemorativo, por lo cual se elaborará una galería con todos los miembros de la Casa de Austria: (Ana Mauricia de Austria, reina de Francia, hija de Felipe III. Pantoja de la Cruz. C.1602. Descalzas Reales de Madrid [il.9]; Mariana de Austria. Taller de Claudio Coello. Fin XVII. Monasterio de El Escorial [il.10]; (Isabel de Borbón. Taller de Rubens. C. 1632. Palacio de la Zarzuela, Madrid [il.11]). Las colecciones de pintura tratarán sobre todo asuntos devocionales, pero también mitológicos y costumbristas (Diana de caza. Juan Bautista Martínez del Mazo. Segundo tercio XVII. Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid [il.12]; Virgen con Niño. Alonso Cano. C. 1646. Monasterio de El Escorial [il.13]. Las colecciones escultóricas también fueron fundamentales en estos espacios, siendo ilustradas en la exposición por obras de primer nivel. El mundo alemán estaría representado por muebles y objetos que en ocasiones fueron para el uso de la Real Capilla. Las devociones constituyen uno de los elementos clave de la vida palatina, en la que destaca la orfebrería y otros objetos litúrgicos españoles, como por ejemplo los riquísimos ornamentos bordados en el Obrador de Bordados del Monasterio de El Escorial, creado por iniciativa personal de Felipe II.
Los aspectos más íntimos o lúdicos también dejaron huella en las colecciones a través de la infancia de los miembros de la familia real y de actividades como la caza o los torneos. En este ámbito no se debe olvidar la gran importancia de los jardines en los palacios reales, representados por vistas o elementos escultóricos de gran calidad.
A la red de palacios tratada con anterioridad se sumaron el Palacio de El Buen Retiro, pieza fundamental para la imagen de Felipe IV, pero sobre todo Los monasterios reales madrileños. Este epígrafe está destinado a explicar la creación de estas fundaciones en el contexto religioso de la Contrarreforma y de la vida cortesana (Retrato funerario de Ana de Santa Inés. Anónimo español. 1653. Monasterio de Santa Isabel de Madrid [il.14]). Se tratará su fundación y dotación a través de sus fundadoras y de sus benefactoras, Los monasterios reales, como las Descalzas o la Encarnación son actualmente tesoros artísticos, dándose la paradoja de que custodian magníficas obras de arte que ofrecen una visión material y casi podríamos decir “cosmopolita” del mundo dentro del espacio cerrado de una clausura monástica. Por ello se debe tratar desde cuestiones dogmáticas gracias a los tapices del Triunfo de la Eucaristía sobre cartones de Rubens (Tapiz, La Sabiduría inspirada por el Espíritu Santo. Bruselas, cartón de Rubens. Primera mitad del XVII. Descalzas Reales de Madrid [il.15]), su rico legado artístico materializado en los relicarios y en las obras devocionales y litúrgicas.
El cambio dinástico: el advenimiento de la dinastía borbónica. Continuidad e innovación
La introducción de la Casa de Borbón supuso un cambio de gustos, bajo la preeminencia de los modelos franceses e italianos, pero, sobre todo, constituyó el momento de mayor esplendor artístico de las colecciones reales españolas en todas sus manifestaciones. Por el contrario, parte del legado Austria se perdió por la propia evolución de los Reales Sitios.
El incendio del Alcázar en 1734 dio lugar a la creación de una nueva sede la monarquía que constituiría la mayor empresa de la nueva dinastía. El epígrafe El Palacio Nuevo y la continuidad dinástica trata la construcción del actual Palacio Real, desde sus proyectos de Juvara y Sachetti al cuidado en la elección de los materiales destinados a su construcción y a su decoración.
El nuevo palacio fue acompañado por La reforma de los Reales Sitios y los nuevos palacios de la Granja y Riofrío, ilustrados mediante diversas vistas debidas sobre todo Miguel Ángel Houasse, y preferidos de Isabel de Farnesio. En todos ellos los proyectos de jardinería fueron considerados desde el inicio como un parte fundamental de los mismos.
La magnificencia de la monarquía a través del refinamiento en la decoración de los Reales Sitios y de la vida cotidiana
Los Palacios y sus jardines fueron pues el marco para la expresión de La magnificencia regia. Las reformas emprendidas en los Reales Sitios con la ampliación de su superficie y el cambio en su fisonomía, hicieron necesaria una ingente labor decorativa, siempre bajo la premisa de la mejor calidad. La empresa supuso la regularización de las artes suntuarias como uno de los rasgos más destacado, frente a los Austrias, ya que, a los artistas que trabajaban en los distintos talleres ahora se suman las producciones amparadas por la monarquía para su servicio directo, diferencia importante ligada a los nuevos palacios. Los talleres reales y las Reales Fábricas fueron necesarios para decorar los nuevos edificios, pero también se crearon como un instrumento de desarrollo y promoción de las comarcas en las que se asentaron.
Para ilustrar este espléndido programa decorativo, la selección realizada puede ser presentada tanto por medio de las distintas colecciones artística como por medio de las obras más representativas de los sucesivos monarcas, en combinación con diversos aspectos de la vida en palacio entre las que no quedan descartadas reconstrucciones de espacios, como el Salón Gasparini o el dormitorio de Carlos III, ambos piezas clave en el Palacio Real de Madrid. Con ello no sólo se ofrece una impresión de la vida palatina sino que también se traza una evolución de los gustos, formas y corrientes artísticas a lo largo del siglo XVIII, época de mayor esplendor suntuario de las residencias reales españolas. Las colecciones artísticas de Felipe V, Isabel de Farnesio, Carlos III, Carlos IV y María Luisa de Parma, se ilustran gracias a la pintura de Jan Ranc, Paret, Meléndez, Mengs o Goya (Alegoría con Himeneo, Hércules y las virtudes. Francisco de Solimena. 1738. Palacio del Pardo, Madrid [il.16]; Juno ordena a Eolo que suelte los vientos contra Eneas. Mariano Salvador Maella. 1769. Palacio Real de Madrid [il.17]). Las colecciones escultóricas comprenden desde obras maestras medievales como los relieves de Desiderio da Settignano a los retratos ecuestres de Carlos III y Carlos IV de factura francesa o italiana (La Samaritana. Girolamo Ticciati. 1724. Palacio Real de Madrid [il.18]). También adquiere protagonismo lo napolitano a través del Belén del Príncipe, exponente igualmente de las devociones y de la vida cotidiana que trasciende hasta la actualidad.
Mención especial merecen como ya se ha dicho las Real Fábrica de Tapices, Tejidos de Seda, Cristales y Porcelana, así como los Talleres Reales, dedicados a la creación de diferentes objetos artísticos.
La Real Fábrica de Tapices estaría representada con una selección de obras desde sus orígenes, hasta las escenas costumbristas a partir de cartones de artista como Bayeu o Goya. Otros obradores no tan conocidos, pero de igual o superior importancia fueron los de bordados, tejidos y los dedicados al mobiliario palatino, todos en consonancia con los diseños de los principales adornistas y arquitectos españoles del momento. Igualmente, estarían representados diversos talleres franceses de renombre. Las obras seleccionadas reivindican el trascendental papel de bordadores, tejedores y ebanistas como Gómez de los Ríos, Carlos Iranzo, José Canops, Jean-Dèmosthéne Dougourc o Matias Gasparini.
La Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro y las producciones de manufacturas como Meissen, Sèvres o las importaciones chinas, son ilustradas mediante las vajillas de Felipe V, Carlos III y María Amalia de Sajonia, y Carlos IV y María Luisa, así como a través de otros objetos meramente decorativos o utilitarios. Muy importante fue la influencia de María Amalia de Sajonia, hija del gran elector, como inspiradora de la porcelana europea. Igual sucede con la Real Fábrica de Cristal de La Granja o con la esplendida colección de relojes presentes en todos los palacios, fueran a juego o no con la decoración de los diferentes espacios en los que se ubicaban.
A la Real Capilla se debe también la existencia de un importante conjunto de orfebrería de procedencia fundamentalmente española gracias a los relicarios y diversos objetos litúrgicos.
De la misma forma, se contempla una selección de la Real Biblioteca como ejemplo del interés por el conocimiento del mundo a través de mapas, obras literarias, descripciones de reinos, libros científicos etc. como perfecto exponente del mundo ilustrado dieciochesco. Destaca la espléndida biblioteca de la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, como testimonio de lo que fue la lectura y mentalidad femenina en el siglo XVIII.
Las casas de campo: La “diversión” a través del arte
Entre todas las colecciones y edificios se ha querido llamar especialmente la atención sobre Las casas de campo de Carlos IV, bien como Príncipe de Asturias, bien como Rey de España, exponentes del mayor refinamiento artístico de la dinastía. Estos palacetes de recreo y su decoración supusieron el cenit de las artes decorativas de la monarquía española, como queda s claramente reflejado en la selección propuesta de los más delicados tejidos de seda, el más exquisito mobiliario y en general de las más bellas artes suntuarias. Se podría establecer un paralelismo entre los trianones de Versalles de María Antonieta, y estas casas –Príncipe de Infante en El Escorial, Príncipe de El Pardo, y Labrador en Aranjuez- donde disfrutaba María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV (La Paz. Corrado Giaquinto. 1752. Casa del príncipe de El Escorial [il.19]; María Luisa de Parma. Mariano Salvador Maella. S. XVIII. Monasterio de la Encarnación de Madrid [il.20]).
El cambio de escenario: La guerra de la Independencia, la disgregación de los territorios.
El último capítulo dedicado a las Colecciones Reales Españolas, se reduce a la imagen sobrecogedora de la Guerra de la Independencia, conflicto que supuso el fin del coleccionismo real como venía siendo interpretado hasta entonces.
La exposición se cierra con dos capítulos destinados a enlazar las Colecciones y los Reales Sitios españoles con el Palacio Virreinal de México, bajo el título, Espejo de Ultramar: el Palacio Virreinal de Nueva España. Un pasado compartido
Pilar Benito García y Álvaro Soler del Campo