Galería de Arte e Historia
Guadalupe en Madrid. Teología feminista en imágenes.
Mª Leticia Sánchez Hernández
|
La anciana y la niña. |
Detalle del Santo entierro. |
El rostro de Abigail. |
|
El rostro de Catalina. |
El rostro de Rut. |
Santa Ana. |
|
Santa Catalina. |
Santa Cecilia. |
Santa Paula. |
|
Tenebrario. |
Vista oeste del claustro. |
Vista sur del claustro. |
|
Abigail. |
Las espigas de Rut. |
Jesús y Verónica. |
|
La virgen. |
Las manos de Ana. |
Las manos de Catalina. |
|
Las palmas de Cecilia. |
Las palmas de Paula. |
la rueda de Catalina. |
|
Las tres marías van al sepulcro. |
María lee. |
Las uvas y los panes de Abigail. |
|
La virgen, Verónica y Jesús. |
María de Cleofás. |
Rut. |
|
La verónica. |
Virgen María y Cleofás. |
Verónica muestra icono. |
Del 8 de febrero al 30 de marzo de 2008, vamos a tener el privilegio de contemplar una magnífica selección de los tesoros del Monasterio extremeño de Guadalupe que, la casi totalidad de ellos, salen por vez primera de su recinto. Con motivo del jubileo guadalupano, las obras de arte elegidas -pintura, escultura, libros, textiles y joyas- se exponen en tres entornos privilegiados: la Capilla del Palacio Real de Madrid; el Claustro Bajo del Monasterio de las Descalzas Reales; y el Claustro Bajo del Monasterio de la Encarnación, también ambos en Madrid. Nos va a interesar fundamentalmente la sede citada en tercer lugar, porque, como bien me dijo el comisario de la muestra, Francisco Tejada, mientras culminábamos la colocación e iluminación de las obras, ¡Ya ves que es un despliegue total de Teología Feminista en imágenes! A él debemos un magnífico catálogo con unos textos rigurosos, sugerentes y muy bien investigados. Sigo básicamente sus anotaciones con algunas aportaciones de mi cosecha.
El Monasterio de la Encarnación de Madrid es una fundación de los reyes Felipe III y Margarita de Austria realizada en 1611. A pesar de los avatares históricos sufridos por el edificio todavía tenemos la suerte de contemplar muchos espacios salidos de la mano de su primer artífice, el que fuera arquitecto real, Juan Gómez de Mora. Precisamente en el nervio principal del monasterio, en el claustro bajo que muchos han denominado como el "pequeño Escorial", se han ubicado en los huecos de las ventanas, convenientemente ambientados, trece obras de excepción que parecen dialogar con la larga serie de lienzos originales del primer tercio del siglo XVII -los que narran la vida de Cristo y de la Virgen- ubicados en las paredes laterales.
Reciben al visitante dos mujeres, Rut y Abigail, esculpidas con primor por un artista del círculo de Duque Cornejo (1736-1739). Proceden del Camarín de la Virgen de Guadalupe, donde forman conjunto con otras seis mujeres fuertes. Es bonita la expresión de mujeres fuertes, cuyo origen se remonta a la Baja Edad Media, a raíz del comentario que Dionisio el Cartujano hiciera del Libro de los Proverbios, relacionando la mujer fuerte con la Virgen. Por extensión, se dio este apelativo a una serie de mujeres que han sido consideradas como la prefiguración de la Virgen: Rut, Abigail, Ester, Judit, etc. Precisamente su ubicación en el Camarín mariano cobra un especial sentido en el contexto inmaculista barroco. Efectivamente, a través de estas mujeres se puede contemplar a María, pero sin olvidar que cada una de ellas posee una entidad en sí misma y una personalidad acusada en un contexto histórico, social y cultural muy concreto. Son mujeres escogidas por Dios para ser su rostro y su manifestación. Destaca en ambas sus ricas telas, su movimiento y su mirada como signo de su prestancia y de su presencia: prudentes y audaces evitando males mayores; Abigail sosteniendo los panes y las uvas para aplacar a David; Rut con el haz de espigas en constante desvelo hacia Noemí.
Seguidamente Santa Cecilia y Santa Ana. Cecilia, muy cercana en composición a las ya mencionadas Rut y Abigail, nos recuerda que una de las facetas más importantes del espíritu humano es su capacidad para componer y oír música. Muy unida a la devoción popular es Ana, la madre de la Virgen: no hay pueblo ni ciudad que no tenga una ermita, una iglesia o una capilla dedicada a esta mujer que se envuelve en la leyenda y los relatos orales. Aquí nos encontramos con la talla de una mujer madura (anónima de la segunda mitad del siglo XVI), casi anciana, cuya sabiduría -la mujer mayor es la sabiduría- se palpa a través de su tocado, del velo y de esos pliegues tan pesados del vestido (las mujeres ancianas siempre están tocadas y visten con fuertes ropajes; por el contrario, las mujeres jóvenes descubren la cabeza y su indumentaria es colorista y aérea, como Rut y Abigail, como Cecilia). Aquí la encontramos elevando a su hija con una mano fuerte y firme a la altura de su rostro, mientras le muestra un libro abierto para que lea y aprenda -no cabe duda de que son las Escrituras, aunque muchas veces el arte haya visto en esta escena la simple enseñanza de la lectura de una madre a su hija con el único fin de apartar la Biblia del camino de las mujeres; sin embargo, yo creo que es algo más que eso; es invitar de lleno a zambullirse directamente en la fuente del cristianismo- y María, muy viva, con los dedos de la mano hace ademán de señalar párrafos concretos del libro: ambas mujeres parecen decir: haced vosotras lo mismo.
En el otro lado del claustro nos esperan Santa Catalina de Alejandría y Santa Paula, dos tallas de Giraldo de Merlo realizadas hacia 1620. Ambas piezas están situadas en la Capilla de Santa Catalina, en sendos retablos, capilla, por cierto, de amplias resonancias reales, al haber sido costeada por los monarcas portugueses, Don Dionis y Doña Juana, como lugar para su enterramiento. Por eso cobra un gran valor la presencia de la regia Catalina, santa de gran devoción universal, que forma parte de los denominados catorce intercesores, cuya historia es conocida por la Leyenda Dorada. Catalina fue una mujer muy estimada y respetada no sólo por su entereza ante el dolor del martirio -lleva en la mano la rueca de púas-, sino por su desafío, firmeza y enfrentamiento a los poderes constituidos de su época. Mucho habría que hablar del tema de martirios y persecuciones, haciendo una distinción entre realidad y leyenda, pero lo que es claro es que en el caso de muchas mujeres, ricas herederas, las denuncias a las que fueron sometidas no eran meramente recursos para hacerlas desistir de su religión, sino que eran medios de presión por parte del denunciante para obtener un matrimonio ventajoso: así de claro, retiro la denuncia, pero te casas conmigo (y de paso entro en posesión de tus bienes). Muchas mujeres se negaron al chantaje y las iglesias y comunidades primitivas se convirtieron en la salvaguarda de sus bienes. Quizá algo de esto esté en la mirada de Catalina.
Paula, viuda romana, fue discípula y seguidora de San Jerónimo, hasta el extremo de que sin ella el famoso Padre de la Iglesia no hubiera podido llevar a cabo muchas de sus actuaciones. Pero no fue Paula una mujer en la sombra, miremos su porte y veremos una mujer recia, resuelta y sabia (nuevamente el tocado, el velo y los pesados ropajes). A ella debemos los primeros pasos de la vida religiosa -monástica- de las mujeres, reservada siempre para varones, y posiblemente a ella debemos la expansión de la Biblia -la Vulgata- entre las mujeres: es seguro que con la mano derecha sostuviera las Escrituras, actualmente perdidas, pero la manera de colocar los dedos nos indica que estaba asiendo un libro.
Finalmente, hay tres magníficas piezas con importante presencia femenina: el Santo Entierro, la Verónica y el Tenebrario. El Santo Entierro (no ha venido el Cristo) es de Egas Cueman (1469-1475) y muestra tres figuras de algo más de medio cuerpo: la Virgen, San Juan y María de Cleofás (no Magdalena, según la documentación), imbuidas en su mirada de una belleza elegante y estática, que expresa el "todo está cumplido". Es impresionante la meditación que están realizando los personajes sobre los acontecimientos de los que han sido testigos, destacando los ojos bajos de la Virgen que, dolorida, se lleva una mano al corazón, mientras San Juan y una preciosa María de Cleofás con tocado y cinturón, la flanquean y guardan suavemente su espalda.
El relieve de la Verónica es una pieza realizada por Giraldo de Merlo entre 1615 y 1619 y procede, junto con el Prendimiento, del banco de retablo mayor de la iglesia, donde se representan todos los pasajes de la pasión. Es muy interesante ver por vez primera estas piezas fuera de su conjunto habitual porque podemos captar y descubrir detalles que en la visión general del conjunto se pierden. Así por ejemplo, se percibe a la altura de los ojos a la protagonista de la escena sacada de los Apócrifos que tendrá una enorme repercusión en la representación de los Misterios, Verónica, que limpia con un paño el rostro de Jesús camino del Calvario. Ambos se encuentran en el suelo cara a cara, en el centro de la escena, pero en un plano inferior a los soldados, mientras Verónica muestra al espectador la realidad de lo que ha contemplado -todos los componentes de la escena ven lo mismo, pero ninguno la mirado en profundidad- el "vero icono", el verdadero rostro de Jesús.
Finalmente, el Tenebrario con un relieve del siglo XV. Recordemos que el tenebrario es una pieza totalmente en desuso después de la reforma litúrgica del Vaticano II, que se usaba durante el triduo santo en el oficio de tinieblas, al ir apagándose las quinces velas escalonadas dispuestas en las dos vertientes después del recitado de cada uno de los salmos de maitines y laudes. Sin embargo, muchas de estas piezas nos interesan por su valor artístico y, sobre todo, iconográfico. Si contemplamos el medallón del triángulo, observaremos una turba de personajes que se agolpa en torno a Cristo con la cruz a cuestas, dolorido y derribado, que es eje de la composición. A la izquierda, destaca una María curiosamente vestida de rojo y llorando (estas son siempre las señas de identidad de Magdalena) que busca la cercanía de una mujer, la Verónica, que en primer plano muestra el paño con el rostro de Jesús. En la enjuta inferior izquierda del triángulo aparecen las tres Marías visitando el sepulcro en calidad de primeros testigos de la resurrección, destacando una bellísima Magdalena ricamente vestida, portando el bote del perfume. Por tanto, casi en un mismo eje está Jesús, el Cristo, rodeado de aquellas que han visto y mirado el "vero icono" de Dios… el resto, al menos en este caso, es comparsa, turba, muchedumbre anónima.