Galería de Arte e Historia

El joven Murillo exposición en Bilbao y Sevilla

Pedro Marcos de Cossío

Quienes vivan o tengan la oportunidad de acercarse por Bilbao entre el 19 de octubre de 2009 y el 17 de enero de 2010, o por Sevilla del 18 de febrero al 30 de mayo de 2010, pueden disfrutar en sus respectivos Museos de Bellas Artes de la exposición El joven Murillo, dirigida por Benito Navarrete Prieto y Alfonso Eduardo Pérez Sánchez.

Es una muestra que permite contemplar la mayor parte de las primeras pinturas realizadas por el sevillano Bartolomé Esteban Murillo entre finales de la década de los treinta y mediados de la de los cincuenta del siglo XVII. Murillo fue tal vez el pintor español que más atención internacional recibió ya en propia vida y hasta finales del XIX, pero, como suele pasar en la pendular recepción de los artistas, durante el XX fue estigmatizado como un creador más bien "blando" y "ñoño" centrado en pinturas costumbristas de niños y acarameladas vírgenes. Evidentemente tal percepción suponía un error causado en parte por el uso que realizó de sus imágenes la burguesía decimonónica, y esta exposición va a permitir que muchos nos reencontremos con su obra de una forma directa y apreciemos su altísimo nivel.

A través de más de cuarenta de sus primeros cuadros podremos percatarnos de la brillantísima síntesis pictórica que realiza Murillo de las influencias de su primer maestro Juan del Castillo, con otras varias de Zurbarán, Francisco de Herrera el Viejo, Velázquez, Ribera o Juan Martínez Montañés, o cómo integra el realismo de la pintura holandesa y los aires de Van Dyck, sobre todo a partir de su primer gran ciclo para el desaparecido Claustro Chico del convento Casa Grande de San Francisco Todo ello va a germinar en el mejor ejemplo (Velázquez es otra historia) del tópico pero real naturalismo de la denominada Escuela Sevillana. En los últimos cuadros expuestos podremos, incluso, ver las influencias venecianas que trae Francisco de Herrera el Mozo a finales de los años cincuenta.

Más allá de la visión paternalista y falsamente costumbrista de algunas de sus obras (escenas cotidianas, niños de la calle…), en Murillo, como en muchos de los pensadores, escritores y artistas del denominado Siglo de Oro, lo que encontramos es una honda preocupación por la pobreza de origen franciscano. Pobreza (y picaresca, no en vano en la biblioteca del sevillano está el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán) bien presente en las calles y los muelles de la cosmopolita Sevilla con el trasiego constante de mercancías y personas hacia y desde el Nuevo Mundo.

Nos gustaría destacar y proponer a modo de aperitivo, para quienes deseen y puedan ver esta exposición, cinco cuadros de temática religiosa centrados en figuras femeninas.

En primer lugar una de las dos "Huida a Egipto" que se muestran, concretamente la conservada en el Institute of Arts de Detroit, fechada entre 1647 y 1650 [fig. 1], un tema recurrente en el arte cristiano a partir del texto de Mateo (2, 13-14), y que viene a cubrir el deseo de conocimiento de la etapa infantil de Cristo, que florecería en una abundancia de evangelios apócrifos que llenan lagunas y nos proporcionan innumerables familiares. Murillo lo representa a modo de una escena cotidiana, donde una joven pareja (San José después de Trento se ha rejuvenecido muchísimo y ha perdido el aspecto medieval algo ridículo de anciano consentidor) se encuentra de viaje con sus magras posesiones (obsérvense los útiles de carpintero en el cedazo que lleva al hombro José). No hay elementos extraordinarios en la madre que contempla al Niño dormido más allá de una preocupación latente, como en tantas otras a lo largo de la historia, de quien debe abandonar su patria ante persecuciones de todo tipo.

Podemos pasar después a una de las varias "Virgen con el Niño", concretamente una de 1650 conservada en el Stedelijk Museum Wuyts-Van Campen de Lier (Bélgica) [fig. 2], donde con una gran simplicidad de medios, y, sobre un fondo neutro con toques tenebristas, la luz se concentra diagonalmente desde el rostro de María al cuerpo con una ligera camisa blanca del Niño, que porta en sus manos una fruta que se ha querido identificar como una manzana.

Para terminar con las abundantes escenas intimistas de la denominada en esta época como la Trinidad en la Tierra (en esta misma exposición se puede ver un cuadro con ambas trinidades celeste y terrestre), entre las que se encuentra la archiconocida Sagrada Familia del pajarito, vamos a otro trío recurrente en la pintura religiosa, cual es el formado por la Virgen, el Niño y San Juanito, concretamente la denominada "La serrana" pintada entre 1647-1650, de la Stirling Maxwell Collection en la Pollok House de Glasgow [fig. 3]. Será con el Renacimiento cuando se acuñe definitivamente el tema iconográfico en el que la Madre y el Niño están acompañados por el primo de Jesús, que, por supuesto, ya apunta maneras, y se le representa como ese que clamará en el desierto, vestido de pieles (como corresponde al salvaje a lo divino que será) y un bastón cruciforme que recuerda, más allá de la entrañable escena (casi como un memento mori), la Pasión que sufrirá el Cristo. El mismo sentido tiene otro de los símbolos incluidos en el cuadro, la presencia del jilguero que enseña Juanito a Jesús, no es un elemento costumbrista, sino que la mancha roja de la cabeza de la avecilla, según la leyenda, sería el resultado de haberle caído una gota de sangre al intentar arrancar con su pico una de las espinas de la corona en el momento de la crucifixión, con lo que nuevamente la referencia es al destino que aguarda al gordezuelo niño que reposa en los brazos de su madre.

La presencia femenina en las obras religiosas de Murillo, más allá de la Virgen y Madre, sea en la forma naturalista familiar sea en la esplendorosa de las Inmaculadas, se circunscribe sobre todo en algunas santas. En algunos casos su presencia viene dada por cultos locales, como sería en el caso sevillano Santa Justa y Santa Rufina (no presentes en esta exposición), pero hay algunas universales y omnipresentes en el imaginario cristiano (Cecilia, Ágeda, Lucía, Úrsula…), de las que dos concretamente destacan con diferencia, y de las cuales aquí no podían faltar algunos ejemplos. Nos referimos a una figura histórica tan maltratada por la tradición patriarcal que paso de Apóstol a prostituta, es decir, María la de Magdala; y a otra meramente mítica que es posible que sirviera, en una muestra del más repugnante de los cinismos, para disimular el asesinato de Hipatia (ahora tan de moda) por los secuaces de San Cirilo, es decir, Santa Catalina de Alejandría.

La Magdalena, sobre todo en el periodo barroco, se ha reducido a una pecadora que llora sus faltas, obviamente, en tanto que mujer, de tipo sexual, como un cotidiano recordatorio a las mujeres presentes de cuál es su estatus de objeto para uso de los varones, y, al mismo tiempo una figura excitante y lúbrica para el imaginario masculino. De las presentes la que traemos a vuestra consideración es la "Magdalena penitente" realizada entre 1650 y 1655, y colgada en las paredes de la Nacional Gallery of Ireland de Dublín [fig. 4]. Murillo al realizar su bellísima Magdalena no olvida los símbolos propios, como el ambiente tenebrista de la cueva donde realiza su penitencia, el pomo de perfume que la identifica como la myróphora, la mujer que unge los pies a Cristo en el evangelio de Lucas, la cruz y la calavera que insisten en la idea de penitencia, y el libro, pues no en vano, a pesar de todo, es una mujer sabia. El pelo de la Apostol es epítome de la sexualidad femenina, y en un juego erótico, que en este caso debe mucho a Tiziano, tanto cubre como desvela su corporalidad.

De las dos "Santa Catalina de Alejandría" presentes (sin olvidar otro con los desposorios místicos) destacamos la de 1650 recuperada muy recientemente para Sevilla por la Fundación Focus-Abengoa [fig. 5], y con una historia turbulenta en la que la admiración que despertaba suscitó la atribución en algunos momentos a Zurbarán o Alonso Cano. Aquí tenemos una figura majestuosa (es posible que sea un retrato a lo divino) que nos mira directamente a los ojos, y que lejos de las truculentas escenas de la tradición, como su martirio mediante una rueda erizada de cuchillas (que pasa a ser su referente iconográfico), o su decapitación por la espada, queda reducida a una simple palma del triunfo de la fe y la espada que acabó con su vida. No es de extrañar el éxito de esta santa inexistente que no solo es tan sabia que es capaz de derrotar a todos los filósofos convocados por el emperador, sino que además es capaz de soportar las más crueles violencias, saliendo triunfante, claro está que a través de la muerte, no había otra posibilidad.

EFETA es la traducción griega del término arameo que significa ábrete, εφφαθα.

Es la palabra eficaz que el evangelio de Marcos pone en labios de Jesús al curar al sordo y tartamudo (Mc 7,34), y responde a las iniciales del proyecto ESCUELA FEMINISTA DE TEOLOGIA DE ANDALUCIA.

EFETA es, así, un lugar de apertura al conocimiento teológico que, siendo inclusivo, se orienta particularmente a las mujeres, en una perspectiva crítica feminista.

El proyecto EFETA se concreta en la asociación del mismo nombre en la que se inserta la Escuela como su objetivo primario, y de cuyo espíritu se alimenta todo lo que ella genera y lo que de ella parte.

Asociación y Escuela forman un espacio de REFLEXION, ESTUDIO Y DEBATE permanente.

EFETA • Apartado de Correos 19021 41018 Sevilla (España) • 678 599 485 • secretaria@efeta.org