EFETA
Escuela Feminista de Teología de Andalucía
Galería de Arte e Historia
Mari Paz López Santos: pintora, escritora, creyente; "laica sin papeles"
Mª Leticia Sánchez

Mirando en 2007 la lista de las matrículas de EFETA, tuve la alegría de volver a encontrar una “vieja” amistad (me remonto a mediados de los años 70, cuando éramos casi adolescentes), que por las circunstancias de la vida y de la gran ciudad estaba dormida. El reencuentro con Mari Paz López Santos me ha hecho descubrir a una mujer realmente excepcional, original y singular por su trayectoria familiar y laboral, y, sobre todo, por su forma de ser mujer creyente.
Mari Paz ya era Secretaria de Dirección a los 19 años –mucha vida laboral en el mundo de la banca-, tarea que alternaba con su dedicación parroquial –ya entonces con los ancianos, con aquellos que no dan lustre y posición en la Iglesia-, y con los estudios de sociología. Tres años en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense, quizá una de las más emblemáticas durante los dos últimos años del Franquismo y el primero de la Transición: tiempo que pasó sentada en sus aulas participando intensamente del fin de una época y del nacimiento de otra.
Se casó en 1976 y siguió compaginando sus actividades. El nacimiento de sus dos primeros hijos, implicó al abandono de la sociología. “Todo no puede ser”, se dijo, “Trabajo, Facultad e hijos… hay que elegir” Siguió con su trabajo y dedicando las tardes por entero a sus hijos. Cosa de la que nunca se ha arrepentido pues los hijos necesitan mucha atención y eso implica tiempo y disponibilidad.
El año 1982 fue un año clave en su vida, y la clave se la brindó el Monasterio de Santo Toribio de Liébana [il.1]. Durante las vacaciones familiares en Cantabria visitaron el citado cenobio, y mientras los niños correteaban por el claustro, Mari Paz observó las reproducciones de las miniaturas del Beato de Liébana que jalonan las cuatro pandas. Cualquiera que haya visitado Santo Toribio recordará, sin duda, las láminas de este famoso códice miniado [il.2]. Se preguntó, entonces: “¿Qué hacen estas maravillosas pinturas escondidas en los libros de una biblioteca sin que nadie, o muy escasa gente, las vea?, y de verse, sólo existe la posibilidad de contemplar una selección pequeña en exposiciones temporales. Habría que sacar estas miniaturas y llevarlas a la ornamentación cotidiana”. La idea se quedó plantada pero ponerla en marcha llevó un largo periodo de espera. Mientras siguió con su vida y tuvo a su tercer hijo.
En 1987, una vez encontrado un artesano de madera que pudiera hacer los diseños que ella quería, comenzó a pintar. Pasaron seis años antes de poder plasmar en madera la intuición que nunca olvidó, sencillamente esperó a que la cosa se fuera fraguando [il.3].
Pintaba cuando los niños ya estaban acostados. Y así, de forma autodidacta, llegó a dominar el arte de la miniatura. La primera obra fue un espejo [il.4], luego fueron saliendo otros formatos: cuadros, relojes, plumas estilográficas, etc [il.5]. Os invito a visitar su página web para que veáis sus trabajos: http://www.pazsantos.com
El hobby se fue haciendo grande hasta que cuajó en un proyecto: dedicarse a pintar. De nuevo se vio ante el dilema de la elección: “Todo no puede ser”, se dijo, “de nuevo hay que elegir”: el tiempo para la familia lo tenía clarísimo, ahora había que decidir entre la pintura y el banco; eligió la pintura e inició la aventura de pintar y darse a conocer [il.6]. No fue un paso en solitario pues siempre se ha sentido apoyada y acompañada por su familia, de forma especial por su marido, compañero en un proyecto mayor: la vida. [il.7]
Pinta en posición de scriptorium, utilizando motivos sacados de los Beatos, las Cantigas de Alfonso X, del arte oriental, hebreo, etc. Aprendió además la técnica de esmalte al fuego que utiliza también como medio de expresión lo mismo que la pintura sobre madera y el pirograbado [il.8].
Familia, trabajo… ¿y qué hay de la vida de fe, la vida espiritual? Mari Paz anhelaba algo más que los grupos parroquiales en los que normalmente estamos los laicos/as, y en su búsqueda “aterrizó” en el Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta en julio de 1999, para pasar unos días de silencio y oración [il.9].
La experiencia de Huerta es difícil de ser transcrita con palabras: “Es la comprensión de la luz, el arte… el silencio, la oración, la lectio divina… es el saber pararse a tiempo antes de que te consuma la vida… es descubrir que los valores monásticos tienen un mensaje profético para la vida de quienes vivimos en esta sociedad y en la iglesia con nuestra concreta vocación de laicos en el mundo.
Después de varios años se integró en la Fraternidad de Laicos del Monasterio de Huerta (actualmente integrada por unas 50 personas, hombres y mujeres) para vivir también con otros laicos esta espiritualidad.
Es persona inquieta y le gustó siempre conocer otras realidades eclesiales: ha estado repetidas veces en Taizé (experiencia ecuménica que le marcó en la comprensión de la iglesia sencilla y acogedora) [il.10] y también ha compartido oración en la parisina iglesia de Saint Gervais, de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén (monjes y monjas en el corazón de la ciudad) [il.11].
Como broche de oro queremos participar desde aquí su reciente vocación de escritora. Sin duda podemos decir que pintar le llevó a escribir. Durante varios años le han publicado sus artículos en Eclesalia, ALANDAR, Cistercium y otros medios.
La novedad más reciente es que acaba de publicar su primer libro (autopublicación): “¿Qué quiere Dios que yo quiera?” Es el título que ha dado a su reflexión sobre la oración del El Magnificat desde la comprensión de una laica del siglo XXI.
“Así, un día cualquiera, me vi sentada al ordenador transitando por El Magnificat, la oración de alabanza por excelencia, sin otra pretensión que el intento de meterme en la piel de María –la gran creyente- compartiendo desde mi ser de mujer, que además es madre, esposa, hermana, amiga, artesana del pincel y de la pluma y, en la Iglesia, laica “sin papeles”, en el concreto momento histórico de inicio del segundo milenio. He escrito en clave femenina pero que nadie se sienta excluido, ya que quien busca a Dios y recibe su propuesta es la persona, el ser humano, y la respuesta es absolutamente personal”.
El libro lo ha prologado Isabel Gómez Acebo: “Un acierto de la autora es introducir el Magnificat dentro de un relato que habla de dos mujeres que comparten sus alegrías e ilusiones maternales (…) El canto del Magnificat es el primer peldaño de la buena nueva que María comprende está a punto de llegar. No guarda silencio, como sería lo más honrado para una mujer de su tiempo, sino que se convierte en la primera evangelizadora del NT. Curioso es, que muerto Jesús, fuera otra mujer María Magdalena, la encargada de comunicar la noticia, un cometido de pioneras de una función en la que todos debemos entrar”.
Esto es lo que ha hecho Mari Paz: poner otro peldaño a la buena nueva con su reflexión. Incluso se ha atrevido a componer “su” Magnificat para el siglo XXI.
Lo que cuenta en el libro es para compartir con otras mujeres, invitando y animando a que cada cual haga su propia reflexión sobre la pregunta que sirve de título al libro: “¿Qué quiere Dios que yo quiera?” que, como toda pregunta, pide una respuesta única y personal.
El libro está a disposición de todos/as solicitándolo en pazsantos@pazsantos.com
