Galería de Arte e Historia
Isabel Guerra, una pintora de excepción.
Mª Leticia Sánchez Hernández
Isabel Guerra (Madrid 1947) es, quizá, la pintora española contemporánea con más proyección internacional. Monja en el Monasterio cisterciense de Santa Lucía de Zaragoza, es también académica de la Real Academia de San Luis de esta ciudad. Pinta desde niña -es una autodidacta- y su profesión religiosa no le ha impedido en absoluto seguir desempeñando su vocación de artista, todo lo contrario, porque según ha confesado en más de una ocasión, ambas vocaciones han caminado siempre juntas.
Siendo monja (algo que asombra a mucha gente, pero no a los enamorados del arte), se podría pensar que su obra se caracteriza por plasmar escenas y objetos exclusivamente religiosos, incluso con algún tinte ñoño típico de los trabajos "monjiles" en el peor sentido de la palabra. Nada más lejos de esto. Isabel pinta casi exclusivamente mujeres y algunos bodegones con un estilo hiperrealista; un estilo que ha hecho que todos los críticos de arte se rindan unánimemente a sus pies, y no estoy hablando de revistas religiosas, sino de los grandes periódicos de tirada nacional: El País, El Mundo o el ABC, por citar los más relevantes.
Su pintura ha estado en una constante evolución, pero ¿cómo es posible pintar así desde un monasterio? Ella misma afirma que el claustro es un lugar extraordinario para la inspiración. La paz, el silencio, la oración contemplativa, la búsqueda de la belleza y el contacto con el mundo (porque el monasterio no es evasión, sino enraizamiento profundo en el mundo auténtico y real, ya que lo contrario sería pervertir la vida religiosa, pero ya hablaremos otro día de esto), facilitan el espacio para un creador. Por eso Isabel Guerra no inventa lo que pinta, no lo saca de un mundo imaginario, sino que lo toma de la realidad que la rodea. Y esta realidad está llena de mujeres normales y corrientes que trabajan, van en el metro, tienen hijos, sufren y ríen, tratan de sacar adelante su mundo interior, reivindican un puesto en la sociedad y en la Iglesia, etc. Esas son las mujeres que pinta Isabel. Son modelos reales, a veces las pinta con la ropa que traen, y otras veces elige ella el atuendo y el atrezzo de fondo (nunca pinta por foto) que, curiosamente, suele ser un libro. Lo más importante es que Isabel quiere transmitir la presencia de Dios en los semblantes de estas mujeres tan actuales; para ella, Dios no es algo complejo y difícil de atisbar, sino que hay que verlo en lo más cotidiano y rutinario de la vida, y lo que es más importante, en las mujeres anodinas que no hacen nada especial o espectacular en su existencia.
Detrás de cada una de las imágenes de mujeres que estáis contemplando se encuentra un pasaje bíblico: salmos, las bienaventuranzas o el encuentro de Jesús con las mujeres, por citar algunos. Isabel suele titular sus retratos con alguna frase alusiva a los citados pasajes, pero yo he preferido que seáis vosotros, lectores, los que pongáis vuestro propio título a estas obras.
Isabel Guerra tiene también algunos cuadros -pocos- de temática propiamente religiosa. No puedo resistirme a presentaros su última obra, que puede verse, excepcionalmente, hasta octubre en el Monasterio de la Encarnación de Madrid. El lienzo es propiedad de la "Asociación de Amigos de Ana de San Bartolomé", y está destinado a la Capilla dedicada a la Beata en la Universidad de la Mística de ávila. Lleva por título, "Y el almendro floreció", y en él se plasma la muerte de Santa Teresa en brazos de la Beata Ana de San Bartolomé. El fallecimiento de Teresa aconteció al anochecer del 4 de octubre de 1582 en el Carmelo de Alba de Tormes en brazos de su fiel compañera Ana de San Bartolomé, aquella toledana humilde y prácticamente analfabeta, que implantó la reforma carmelitana en Francia y en Flandes. La escena está basada en los testimonios recogidos en los procesos de canonización de Teresa de Jesús y en la Autobiografía de Ana de San Bartolomé. Ambos documentos relatan con un lenguaje del siglo XVI, la visión que tuvo Ana sobre la gloria que esperaba a Teresa. Curiosamente, la visión no consistió en un acontecimiento espectacular y deslumbrante, sino que en el momento de la muerte, un almendro seco que estaba situado bajo la ventana de la celda floreció, invadiendo con su aroma toda la estancia. Isabel Guerra ha plasmado el adiós a la vida de Santa Teresa en brazos de Ana, en el momento en el que ésta tiene la visión de la gloria. Un almendro florecido abraza toda la escena y se convierte en el símbolo de la muerte como florecimiento de la vida. También en este caso Teresa y Ana son mujeres reales: Teresa es Belén Yuste, experta en temas carmelitanos, y médica titular del Servicio de Anatomía Patológica del Hospital Doce de Octubre de Madrid (es una gran oncóloga) y Ana es Sonnia Rivas-Caballero, mezzosoprano que interpreta maravillosamente los poemas de Teresa de ávila, Juan de la Cruz y Ana de San Bartolomé en conciertos y grabaciones, trabaja en el Conservatorio de Getafe.