Galería de Arte e Historia

Semblanzas

Madeleine Delbrêl (24 de octubre de 1904 - 13 de octubre de 1964)

 

¿Quién era esta mujer excepcional que vivió treinta años en el municipio parisino de Ivry sur Seine? En aquella época, Ivry sur Seine era prácticamente la “capital” del comunismo francés. Ella vivió allí entre 1933 y 1964, y murió también allí en Octubre de 1964. Es fundamental presentar a esta mujer, que es para muchos y muchas un gran testigo de Dios en la Europa del siglo XX.

Siendo parisino, y teniendo conocidos y amigos en estos barrios de la periferia sur de París, conocía algo del ambiente de este municipio que he mencionado. Me llamaba la atención la bandera roja con la hoz y el martillo que ondeaba junto a la bandera francesa en el ayuntamiento de esta ciudad obrera: eran los años 1955-1960. El comunismo “a la francesa” era la gran esperanza de muchos trabajadores. La lectura del periódico “l´ Humanité” era el “evangelio” de muchos: la esperanza de un mundo mejor.

El 15 de Octubre de 1933, después de un año de preparación, Madeleine decidió vivir en este municipio, y para ello se instaló en los locales de una de las parroquias con dos compañeras que procedían del escultismo. Más adelante, se mudaron al nº 11 de la calle Raspail, cerca del ayuntamiento, convirtiéndose esta casa en su domicilio hasta el día de su muerte en 1964. Se trataba de una pequeña “fundación” constituida el 15 de Octubre: día de la conmemoración de Santa Teresa de Jesús. No se trataba sólo de una coincidencia, sino de la voluntad de confiar a la Santa de Ávila esta gran aventura en la que venían pensando desde hacía años. Tuvieron la ayuda de un cura que les aconsejaba: el Padre Lorenzo, vicario de una parroquia de París, y consiliario de la rama femenina del escultismo. Fue una persona que marcó mucho la vida y la orientación de Madeleine Delbrêl.

Madeleine Delbrêl era una mujer de gran cultura: sabía de poesía, música, y arte. Era hija única de unos padres procedentes de la pequeña burguesía de provincia; su padre era ferroviario. Nació en Mussidan, cerca de Perigueux, el 24 de octubre de 1903. Heredó de su padre el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador. Debido a la profesión del padre, la familia tuvo que trasladarse de un lugar a otro; y la educación de Madeleine iba siendo confiada a profesores particulares. Fue iniciada en el cristianismo en la adolescencia e influenciada por los ambientes literarios y filosóficos en los que su padre la introdujo. El ambiente familiar no era fácil, y después de una educación bastante tradicional, y de las consecuencias desastrosas de la Primera Guerra Mundial, Madeleine se declaró atea. No aceptaba la “incoherencia del mundo que la rodeaba”. Afirmaba con mucha seguridad: “Dios ha muerto, viva la muerte”. Asistió a cursos de Historia y Filosofía en la Sorbona, donde sobresalió por su profunda capacidad de análisis, y empezó a frecuentar los ambientes literarios y artísticos de los barrios Latino y Montparnasse de París.

En 1922 se enamoró de un joven alumno de la escuela Politécnica, Jean Maydieu, quien después de un año de noviazgo, decidió romper el compromiso para ingresar en el noviciado de los Dominicos. Comenzó para Madeleine una época de desamparo y de muchas preguntas. Este encuentro y ruptura con Maydieu le hicieron confrontar su ateísmo con las certezas de fe de este hombre. En este tiempo su padre enfermó y se quedó ciego; su madre trabajaba en exceso. Unas amistades nuevas, y unas lecturas novedosas, la orientaron un año después hacia el Cristianismo. Descubrió su vocación de cristiana en la ciudad, de misionera sin barcos. El desierto urbano se convirtió en un espacio de contemplación, las calles de la ciudad en su campo de misión.

En el año 1957 habló de su conversión que tuvo lugar en un día de 1924:
“He reflexionado durante meses. La hipótesis Dios me parece posible. Tomé la decisión de rezar algunos minutos. Con ocasión de un encuentro, oí hablar de Teresa de Jesús, la Santa de Ávila. Ella recomendaba rezar cada día, pensar silenciosamente en Dios durante cinco minutos. La primera vez me puse a rezar de rodillas para evitar todo idealismo”. Según ella, “hay dos búsquedas de la belleza. Una en la imaginación, que es el arte. La otra muy realista, que es la religión. La primera nos da una imagen de Dios, la segunda nos hace partícipes de Dios. Quiero descubrir lo esencial, la fe. Una fe luminosa, pero nada más. Lo extraordinario me provoca nausea. Solamente la gloria de Dios”.
Mientras tanto, inició estudios de Asistente social. De hecho, durante unos años trabajó intensamente en los servicios sociales del ayuntamiento.

Codo a codo con los militantes comunistas, y codo a codo con la población de Ivry, Madeleine se entregó a su tarea, al tiempo que redactaba el programa de la pequeña comunidad. El 1 de Octubre de 1944, después de una larga reflexión, Madeleine dejó su trabajo en el ayuntamiento. Fue una decisión difícil para ella, pero quería dedicarse totalmente a la pequeña fundación. Paralelamente, comenzaron a implantarse otros equipos similares en el este de Francia. Ella escribía artículos en revistas como “Estudios carmelitanos”, “Esprit”, o “Temoignage chretien”. Al mismo tiempo para vivir, Madeleine y unos amigos españoles de Ivry pusieron en marcha una pequeña empresa de tipo cooperativista, fabricando el famoso “turrón español”. Era un negocio difícil de mantener, pero les daba para vivir.
En 1957, escribió un libro por el que se dio a conocer en el ambiente de la Iglesia misionera de Francia: “Nosotros gente de la calle”. Se trata de unas páginas muy valientes. La obra revela la vida íntima de Madeleine: sus sufrimientos, su soledad, su experiencia mística, y su profundo amor a la Iglesia. Se puede trabajar con marxistas ateos, pero no se puede poner entre paréntesis nuestra fe cristiana. El subtítulo del libro era, “redactado en Ivry de 1933 a 1957”. La edición de 1970 añade, “provocación del marxismo a una vocación por Dios”.

En 1959, con unos seminaristas de los Hijos de la Caridad, tuve la suerte de encontrarla en su casa de la rue Raspail de Ivry. Lo novedoso para mí era encontrar a una mujer creyente y muy comprometida en lo social, que valoraba todos los encuentros de la vida cotidiana. Hablaba de los militantes políticos y sindicalistas, como del abuelo del hospicio, o de la familia italiana que encontraba en el mercado del sábado. Para ella todos tenían un valor sagrado.

A pesar de ser una mujer de una gran cultura, siempre tuvo una gran sencillez evangélica. Algunos años después, cuando salió el libro, “Nosotros gente de la calle”, pudimos comprobar que se situaba como una más entre la gente corriente. La portada del libro representaba la salida del metro en Ivry en la hora punta de la tarde. Este libro es como un compendio de una selección de artículos que ella escribía en diversas revistas, sacando tiempo a pesar de su trabajo profesional (hasta octubre de 1944), y a pesar de su precaria salud, incluso de noche, para dar charlas y redactar meditaciones, poesías, y reflexiones. ¡Y todavía no se ha publicado todo!

Murió de repente el 13 de octubre de 1964, durante el Concilio, en su mesa de trabajo. Tenía sólo 60 años. Aquel día en el aula conciliar, un laico, presidente de la JOC internacional, tomó la palabra por primera vez frente a toda la Iglesia, y lo hizo en nombre de los trabajadores cristianos que vivían y luchaban en las fábricas y en los barrios obreros de las grandes ciudades.

Nadie imaginaba que había dejado tantos escritos sobre la misión de la Iglesia en el mundo. Textos a veces muy originales y de una gran actualidad. Su pensamiento sobre el tema de la espiritualidad laical se refleja en cantidad de escritos que han tenido una enorme difusión en estos años, sobre todo en sus tres libros póstumos: “Nosotros, gente de la calle”, “El gozo de creer”, y “Comunidades según el Evangelio”. Para ella Dios se revela en la vida cotidiana, en donde Él nos ha puesto, en la calle. Ella es una maestra de la oración para la gente trabajadora, para los que no tienen tiempo para rezar.

¿Qué aspectos de su vida y de su pensamiento podemos recalcar?
Su conversión en 1924: dice, “una deslumbrada por Dios”.

Una espiritualidad de la vida cotidiana es decir: la fidelidad a lo real. Madeleine repetía sin cesar que Dios está en la calle, que está donde se hallan los rostros de hombres y mujeres. Su pasión era la de “dignificar la vida de tanta gente que cada día volvía del trabajo con su peso de cansancio y monotonía“. La vida mística no es para una elite, sino para la gente corriente, incluso para sitios donde nos extraña y alegra a la vez el encontrarla. En el bar “Clair de lune” en Port d’ Italie, cerca de Ivry, le gustaba pasar unos momentos por la tarde en medio del pequeño pueblo de París, su pueblo, su gente. “Nos has traído esta noche, a este café llamado “le Clair de lune”, donde has querido ser Tú en nosotros. Has querido encontrar a través de nuestros corazones a todas estas personas que han venido a matar el tiempo. Atrae a todos hacia ti en nosotros, al viejo pianista, a la violinista, al guitarrista, y al acordeonista.
Una buena parisina

Una persona que cuida la interioridad
La oración no es algo formal. El tiempo vivido, los encuentros, los acontecimientos, llegan a ser para ella palabra de Dios, presencia, incluso verdaderos sacramentos. Era una persona que quería hablar de Dios con un lenguaje siempre nuevo: “no se habla de Dios con definiciones, sino con el lenguaje del amor, de la luz, de lo asombroso”. Su afán fue poner a Dios al alcance de los humildes. Según ella, son “las paciencias” de todos los días, las que construyen la santidad; es haciendo nuestros “minúsculos deberes” donde encontramos “las chispas de la voluntad de Dios”. Ella invita al cristiano laico a “quitarse las sandalias, porque la tierra que pisa todos los días es tierra santa, y allí está Dios escondido detrás de la zarza”.

Una de las místicas más grandes de nuestro tiempo
Sufrió algunas decisiones de la jerarquía, pero enfrentó estas dificultades sin complejos, sin resentimiento, sin necesidad de ajustar sus cuentas con alguien. Madeleine no quería romper la Iglesia en dos trozos; intentaba no hacer clasificaciones. Para ella lo importante es que había un mundo que necesitaba de la salvación de Dios. Ofrecía su corazón a Dios, para que Él pudiera hacerse visible y cercano a hombres y mujeres. En uno de sus libros dirigidos especialmente a los curas de la Diócesis de Milán, el Cardenal Carlo María Martini les invitaba a abrir nuevas ventanas de confianza hacia Dios. En medio de un ambiente de materialismo y de indiferencia religiosa, él aconsejaba abrir espacios libres para alcanzar la sabiduría del corazón. Y seguidamente, citaba el ejemplo de una persona que vivió una gran parte de su vida en un barrio periférico de Paris: Madeleine Delbrêl, que él consideraba como “una de las místicas más grandes de nuestro tiempo”.

Termino esta semblanza con esta confidencia profunda de Madeleine: “Lo esencial de esta vida, la razón de ser, y la alegría es estar en el mundo, esconderse en medio de este mundo. Ser una parcela de humanidad, entregada, ofrecida y desinstalada. Ser islotes de residencia divina. Hacer un lugar para Dios. Creer de parte del mundo, esperar para el mundo, y amar para el mundo”.

Joseph Rodier (Fil de la Charité)
Conocido en Vallecas, Getafe y Leganés (Madrid) como Pepe Rodier

EFETA es la traducción griega del término arameo que significa ábrete, εφφαθα.

Es la palabra eficaz que el evangelio de Marcos pone en labios de Jesús al curar al sordo y tartamudo (Mc 7,34), y responde a las iniciales del proyecto ESCUELA FEMINISTA DE TEOLOGIA DE ANDALUCIA.

EFETA es, así, un lugar de apertura al conocimiento teológico que, siendo inclusivo, se orienta particularmente a las mujeres, en una perspectiva crítica feminista.

El proyecto EFETA se concreta en la asociación del mismo nombre en la que se inserta la Escuela como su objetivo primario, y de cuyo espíritu se alimenta todo lo que ella genera y lo que de ella parte.

Asociación y Escuela forman un espacio de REFLEXION, ESTUDIO Y DEBATE permanente.

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