EFETA

Escuela Feminista de Teología de Andalucía

Galería de Arte e Historia

Mes a Mes

Mayo

Juana de Arco

(6 de enero de 1412 – 30 de mayo de 1431)

La historia de Juana de Arco se enmarca en la Guerra de los Cien años. Nació el 6 de enero de 1412, en Domrémy (Vosgos franceses) en el seno de una familia campesina. Juana no aprendió a leer ni escribir. A los trece años afirmó haber recibido en el jardín de sus padres las voces de san Miguel, santa Margarita y santa Catalina, que le pedían salvar al delfín de Francia de la amenaza inglesa y conducir los ejércitos franceses a la reconquista de la ciudad de Orleans. Acompañada de seis hombres de armas, partió el 29 de febrero de 1429 hacia Chinon, donde intentó convencer al delfín de la veracidad de su misión. Logrado su objetivo, ese mismo año fue armada caballero, emprendiendo con éxito la liberación de Orleans. Promovió entonces la coronación del delfín como Carlos VII, que tuvo lugar en Reims el 17 de julio de 1429. El 24 de mayo de 1430 fue capturada en Compiegne por tropas del duque de Borgoña, y vendida a los ingleses. Se le hizo comparecer en Rouen ante el tribunal de Pierre Cauchon, obispo de Beuvais, acusada de brujería y herejía, alegándose por parte de sus enemigos ingleses y de sus aliados franceses, que la coronación de Carlos VII había sido una obra de brujería y que, por tanto, era nula de derecho. Tras un proceso de tres meses, fue condenada el 24 de mayo de 1431 a ser quemada viva, muriendo el 30 de ese mismo mes. Las actas del proceso demuestran que se trató de un juicio sin opciones de defensa y de una acusación basada en argumentos endebles. Carlos VII no realizó ninguna acción en su favor. Su figura se rehabilitó el 7 de julio de 1456 por una comisión pontificia. A partir de la derrota francesa de 1870, Juana se convirtió en heroína y santa nacional. La telegrafía y la radio se encuentran bajo su patronazgo, a causa de las voces que la leyenda dice que oía en su jardín. Fue beatificada por Pío XII el 18 de abril 1909, y canonizada, tras la victoria de los aliados sobre Alemania, el 16 de mayo de 1920. Es la segunda patrona de Francia, después de la Virgen de la Asunción, y se la conoce como la doncella de de Orleans.

Mucho se ha escrito y dicho sobre Juana de Arco, sin embargo, el testimonio más logrado que se conserva sobre ella, es una de las mejores películas de la historia del cine, para mi gusto, sin duda, La pasión de Juana de Arco (1928) del director danés Carl Theodor Dreyer (Copenhague 1889 -1968). Gracias a esta cinta, Dreyer logró el reconocimiento mundial, convirtiéndose en uno de los mejores directores de la historia del cine, y en uno de los grandes tratadistas del llamado cine religioso: puesto que comparte en Europa con Bergman y Bresson. Películas como Ordet, Gertru, Dies Irae y La pasión de Juana de Arco son títulos de obligada contemplación.

Esta magnífica obra ha sufrido un tortuoso itinerario hasta llegar hasta nuestros días. Su estreno tuvo lugar en Copenhague en abril de 1928. Luego pasó a Francia donde se presentó en octubre del mismo año, pero con grandes mutilaciones y cambios, que le confirieron un sentido totalmente opuesto al que quiso darle Dreyer. Para los franceses era totalmente inconcebible que un nórdico protestante se apropiara de su figura nacional, y por ello la película fue censurada. Desgraciadamente, el negativo original que reposaba en los laboratorios de la UFA en Berlín, se quemó en el incendio de diciembre de 1928. Las copias que quedaron en circulación fueron unas pocas gastadas y deformadas. Por fortuna, la paciencia de Dreyer y la colaboración de su montajista, Marguerite Beaugé, lograron elaborar un segundo negativo, pero el laborioso trabajo de reconstrucción también se vio frustrado con la combustión de la nueva copia, en 1929, que estaba guardada en los laboratorios de Boulogne-Billencourt. En los años siguientes, Lo Duca encontró en Gaumont una copia intacta que se había salvado de las llamas y que parecía pertenecer al segundo negativo. Lamentablemente, Lo Duca hizo cambios notables para la explotación de la película: la musicalizó, le cambió los créditos originales, e introdujo otras decoraciones. Esta versión circuló durante varios años, a pesar de la manifiesta oposición de Dreyer. Posteriormente, en 1981, se encontró una copia de 1928 acompañada de una solicitud de censura, lo cual indica que esta versión correspondía a una copia intacta del primer negativo. Teniendo como base esta copia, la filmoteca francesa realizó la reconstrucción del original.

“Nada es comparable al rostro humano. Es una tierra que uno nunca se cansa de explorar”. Con esta afirmación, Dreyer construyó una Juana de Arco en la que los gestos de su rostro, y los gestos del resto de los personajes, moviéndose en un escenario de negros, grises, y blancos, y en una magistral gradación de luces y sombras, transmiten a los espectadores el drama de una época –de todas las épocas- y la historia interior de esta paradójica mujer –de muchas mujeres de todos los tiempos-

La película comienza el 23 de mayo de 1430, cuando Juana cae en manos del duque de Borgoña, y es vendida a los ingleses y arrastrada hasta Rouen (capital de las posesiones inglesas en Francia), para comparecer ante un tribunal eclesiástico. Lord Warwick, el gobernador de la ciudad, escogió a los jurados entre los aliados del rey de Inglaterra, con el fin de obtener por todos los medios la condena a muerte de Juana, y hacerla quemar en la plaza pública, cuestión que se consiguió a pesar de la protesta de las multitudes.

En La pasión de Juana de Arco, las relaciones entre los personajes (Juana, el obispo, el inglés, los jueces) son reales. La intención última de Dreyer es que los personajes, y Juana en particular, se perciba a sí misma y se sienta por dentro, y esto lo logra de forma magistral por los movimientos determinados de una parte de la cara. Las expresiones del rostro que manifiesta a lo largo del juicio van trasluciendo su mundo interior: sorpresa, rabia, impotencia, miedo, resignación, aceptación, éxtasis: estos serían los diferentes pasos por los que pasa Juana desde su arresto, hasta la muerte en la hoguera.

En La pasión de Juana de Arco predomina lo que los cineastas llaman la imagen-afección. Es quizá la más complicada de lograr con éxito y calidad por una cámara, porque a través de los primeros planos de los rostros, muchas veces inmóviles, y de unos diálogos concretos y contundentes, se intenta mostrar la complejidad del mundo del personaje y de su historia. Los afectos de Juana adquieren su unidad por medio de la conjunción virtual de su rostro. El rostro como potencia expresiva es una posibilidad que sólo se remite a sí misma. Con su expresividad se abre una puerta hacia lo interno, que no tiene un tiempo determinado. Es como un presente que se actualiza constantemente en busca de nuevas expresiones. El afecto es también el “estado de las cosas” expresado a través de los rostros, los cuales están compuestos de una materia móvil que sobrepasa la dimensión espacio-temporal y se adentra en las cualidades del espíritu.

Dreyer prohibió maquillar a los actores, utilizó variadas angulaciones para darle una carga simbólica exaltada a los planos (contrapicados agudos para los inquisidores y ángulos frontales para Juana), y recargó la iluminación con el fin de saturar de luz los rostros y exaltar las arrugas y rasgos menos visibles. Los encuadres fragmentados presentan rostros cortados por el borde de la pantalla, de forma que los “espacios fuera de cuadro” (lo que no vemos, pero sabemos que está al lado del rostro) son algo así como espacios muertos que agregan más “espacio” al “espacio escénico”, actuando como una presencia inquietante, que introducen la dimensión espiritual o transespacial. Cada rostro está aislado en un primer plano para alcanzar a expresar la profundidad espiritual que busca el director. Incluso, los planos medios y los planos generales son vistos todos como primeros planos, debido a la ausencia de profundidad o supresión de la perspectiva, ya que la narración no depende tanto del espacio físico, sino más bien de una perspectiva temporal y espiritual.

Refiriéndose a la insistente presencia de los planos cerrados, Deleuze decía que “Dreyer había logrado con ello un método ascético: cuando más cerrada espacialmente está la imagen, reducida inclusive a dos dimensiones, más apta es para abrirse a una cuarta dimensión que es el tiempo, y a una quinta que es el Espíritu, la decisión espiritual de Juana”.

Renée Maria Falconetti (1892 – 1946) interpretó a Juana de forma magistral. Dreyer la descubrió cuando actuaba en algunas comedias teatrales y supo dirigirla para que lograra inmortalizarse con La pasión de Juana de Arco. Sin lugar a dudas, es una de las mejores actuaciones femeninas de todos los tiempos. Falconetti logró dar todo lo que el director esperaba para comunicar su experiencia con esa dimensión afectiva, no visible, por pertenecer al plano espiritual.

Mª Leticia Sánchez