Galería de Arte e Historia

Semblanzas

Agosto: Cleopatra VII

(¿Alejandría, 69 a.C.? — Alejandría, 12 de agosto del 30 a.C.)

Todo parece indicar que en torno al día 12 de agosto del año 30 a.C. se suicidó Cleopatra Thea Philopator (Cleopatra, la diosa que ama a su padre), la que nosotros conocemos como Cleopatra VII o la Cleopatra por antonomasia, última faraón de Egipto y broche de la dinastía macedonia de los lágidas que venía gobernando el país desde poco después de la muerte de Alejandro Magno.

El gobierno de la tierra del Nilo por una mujer no era ni mucho menos excepcional, no hace falta recordar, entre otras, la figura bien conocida de Hatshepsut [Fig. 1] de comienzos del Imperio Nuevo, pero de la misma manera que su lejana antecesora sufrió la damnatio memoriae por parte de Tutmosis III, de la soberana de origen griego solo podemos barruntar apenas una ligera sombra de lo que fue o hizo en realidad, pues la suerte de los vencidos es que su memoria queda en manos del vencedor, en este caso de alguien tan vengativo como Octavio César.

Ya habían pasado casi trescientos años del establecimiento en el país de una dinastía que comenzaba en uno de los diadocos del gran Alejandro, y había estado bajo la protección simbólica del cuerpo del joven héroe conservado en la capital que llevaba su nombre, y, desde luego, todo nos muestra que los momentos de gloria del Egipto lágida hacía bastante que habían concluido. En los últimos años el avance de las legiones de la república romana por el oriente helenístico era poco menos que imparable, y la antiquísima tierra de los faraones poco más que un estado tutelado por Roma.

Con el padre de Cleopatra, Ptolomeo XII Auletes, un hombre tan débil de carácter como cruel, Egipto es prácticamente un protectorado de Roma. Así ante una revuelta de su hija Berenice IV que le obliga al exilio, negociará con Pompeyo Magno, y será un ejército romano el que le permita recuperar el trono y, ya de paso, ejecutar a su hija rebelde (en este marco algunos sitúan a una hipotética hermana mayor denominada Cleopatra VI Tryphena). Por cierto que entre esas tropas estaba un joven militar llamado Marco Antonio. A la muerte de este Ptolomeo cuya principal afición parece haber sido tocar el aulos, o así le desprestigiaba la plebe alejandrina, le sucederá en el trono la mayor de sus hijos supervivientes, una Cleopatra de 18 años, que siguiendo la tradición faraónica adoptada por los lágidas, se casará con su hermano (o hermanastro, no está claro cuál es la madre tanto de nuestra protagonista cómo de sus hermanos, si fue Cleopatra V, la esposa oficial de Ptolomeo XII, o alguna de las múltiples concubinas; si nos atenemos a los retratos numismáticos de Cleopatra es más que probable que fuera hija de Cleopatra V, pero los supuestos restos de una de sus hermanas, Arsinoe, indican claramente una madre de origen africano) Ptolomeo XIII de 10 años. En los primeros meses de reinado la joven reina coge con vigor el timón de Egipto, y, contra lo habitual, colocará en los documentos oficiales su nombre primero, e, incluso, solo aparecerá ella. Pero pronto una nueva coyuntura política fraguada por los tutores de su joven hermano la apartará del trono obligándola a un exilio de Alejandría.

En este momento no solo nos encontramos ante una guerra larvada entre los partidarios de Ptolomeo y los de Cleopatra, sino que el conjunto del mundo mediterráneo asiste al enfrentamiento entre Julio César y Pompeyo el Grande. De la antigua república romana ya solo queda el nombre y unas instituciones políticas cada vez más transformadas ante los nuevos acontecimientos. La expansión de Roma, primero a costa del imperio cartaginés, y luego a lo largo de Oriente, Hispania y la Galia, ha introducido la tentación monárquica (aunque la institución real es un tabú manifiesto en la tradición romana) bajo los modos de los reinos helenísticos. El modelo ha influido a los Escipiones, a Sila, o, en estos años, a los principales generales, y acabará triunfando con el sobrino nieto de César, Octavio, aunque procurando evitar el nombre real. Después de la batalla de Farsalia, en el año 48 a.C., el derrotado Pompeyo intenta refugiarse en Egipto, pero sufrirá la suerte de los vencidos siendo asesinado por orden de los tutores de Ptolomeo XIII que así pensaban congraciarse con el vencedor. Poco después llegará el propio César a Alejandría, básicamente por razones económicas, para lo cual intentará mediar entre los hermanos enfrentados. Mediación que poco a poco se irá complicando hasta degenerar en la denominada Guerra Alejandrina en la que claramente apoyará los derechos de Cleopatra VII. Como consecuencia de esa guerra Ptolomeo XIII murió en una de las batallas, Arsinoe (otra de las hermanas) que había sido entronizada por el partido antiromano acabaría participando como prisionera en el triunfo romano de César, aunque no recibió la ejecución habitual después del desfile, sino que fue exiliada al templo de Ártemis en Éfeso (después de la muerte de Cesar su hermana ordenó su asesinato, tenía unos 16 años), y Cleopatra recuperó el trono con un matrimonio nominal con su hermano Ptolomeo XIV (de 12 años, tres después Cleopatra ordenaría su envenenamiento, según otras referencias moriría de enfermedad). Todo este juego shakesperiano de asesinatos fraticidas era algo normal en la historia de los lágidas, matrimonios y crímenes todos quedaban en familia; las cortes helenísticas eran una escuela en la que sobrevivir resultaba un ejercicio bien difícil.

Fruto, a lo que parece, de la relación establecida durante la guerra alejandrina con César, el año 47 nacería Ptolomeo Philopator Caesar, el efímero Ptolomeo XV Cesarión (corregente con su madre desde el asesinato de Ptolomeo XIV). La relación entre el Dictador romano y la faraón resultaba políticamente tan compleja como fascinante. César estaba casado con Capurnia, y ni la bigamia ni el divorcio para casarse con una reina "bárbara" estaban admitidos jurídica ni socialmente. Por otro lado el control de la riqueza de Egipto era una baza importante, y en esos momentos de tentación monárquica la vinculación con la Alejandría que contenía el cuerpo del gran conquistador griego simbólicamente era algo muy destacado. La propia reina residiría durante más de un año en Roma, hasta que el repentino asesinato de César, que por otro lado no había reconocido como hijo a Cesarión, la obliga a huir hacia Egipto. Aún habiendo perdido el apoyo que le proporcionaba César, Cleopatra quedaba en una situación política bastante sólida (al menos mientras no se clarificara la incipiente guerra civil romana) sobre el trono (asegurado con las muertes de Arsinoe y Ptolomeo XIV). A pesar de lo poco que nos permiten deducir las fuentes clásicas, que insisten en transmitir una imagen de lujuria y frivolidad, parece ser que a partir de este momento se centraría en la estabilización social y económica de un Egipto empobrecido por décadas de mal gobierno y guerras.

Volviendo a la política romana, pues prácticamente la totalidad de lo que podemos saber de Cleopatra depende de fuentes romanas, tras la guerra civil contra los asesinos de César, pronto surge un incierto triunvirato entre Marco Antonio, Octaviano el sobrino-nieto y heredero de César, y Lépido. A Marco Antonio en el reparto del orbe romano le corresponderá Oriente. Cleopatra debe atender a un nuevo elemento político en la región, el encuentro entre el triunviro y la faraón en Tarso ha sido relatado numerosas veces desde la literatura, la pintura y el cine, quedémonos con el clásico de Plutarco (Antonio 26: "…se resolvió a navegar por el río Cidno en chalana con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida de remos con palas de plata, movidos al compás de la música de flautas, caramillos y laúdes. Iba ella tendida bajo dosel espolvoreado de oro, adornada como se pinta a Afrodita. Asistíanla a uno y otro lado, para hacerle aire, muchachitos parecidos a los Amores que vemos pintados…"). Este despliegue de lujo y de identificaciones con las divinidades del panteón greco-egipcio no es tanto, como se ha querido ver, una muestra de sensualidad oriental sino alta política en la que la reina pretende evitar un conflicto con la primera potencia militar del momento y asegurar la independencia de su país, e, incluso, si fuera posible conseguir ventajas en el posible nuevo reparto de influencias en Asia.

Es posible que Cleopatra ya conociera a Marco Antonio de cuando había participado para reponer en el trono a su padre, y desde luego de su periodo de relación con César. Que las relaciones políticas adoptaran un aspecto matrimonial es un procedimiento tan antiguo como el mundo, y por no retrotraernos mucho, podemos considerar la importancia que tendrá el matrimonio entre el propio Marco Antonio con Octavia la hermana de Octaviano, o, anteriormente el de Octaviano con Clodia la hijastra de Antonio, para comprender las interacciones entre los triunviros. Simplificando mucho una historia compleja, en la rearticulación de Oriente que realiza Marco Antonio de cara al enfrentamiento con los partos, se pretende la creación de varios estado satélites (entre ellos la recuperación de Jerusalén por Herodes el Grande), de todo ello Cleopatra obtendrá Fenicia, Cilicia, parte de Judea y de la Arabia nabatea.

La ruptura entre Octavio (ya César, no tardaría mucho en ser Augusto) y Marco Antonio era inminente, y en la tremenda guerra de opinión ante el auditorio romano la baza de Cleopatra sería muy hábilmente jugada. Antonio llegara a repudiar a su esposa Octavia para institucionalizar su relación con Cleopatra con la cual ya tenía dos gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, y otro hijo llamado Ptolomeo Filadelfo. En el año 34 a.C. tiene lugar una solemne ceremonia en la que Cleopatra y su corregente Ptolomeo XV Cesarión aparecen como reyes de reyes, y a los hijos tenidos con Antonio se les atribuyen varios territorios nominales (Alejandro Helios rey de Armenia, Media y Partia, Cleopatra Selene reina de Cirenaica y Creta, Ptolomeo Filadelfo rey de Siria, Fenicia y Cilicia). Podemos ver un denario donde en una cara aparece Cleopatra como reina de reyes y en la otra Antonio como conquistador de Armenia [Fig. 2].

Después, e incluso antes, de la batalla de Actium brillantemente ganada por Agripa (es bien sabido que la capacidad militar y como estratega de Octavio era nula), la principal causa de la derrota de Antonio y Cleopatra es la propaganda antioriental que provoca la deserción en masa de las filas de Marco Antonio. El control de Roma por parte de Octavio le proporciona una gran ventaja y la juega a la perfección; frente a la autoidentificación de Cleopatra como Nueva Isis y de Antonio como Nuevo Dioniso, Octavio utilizará la carta del Apolo modelo de orden, mesura y claridad (bien sabemos que el dios arquero tenía una cara más oscura pero esa es otra historia). Tenemos un mito político de larga duración al presentar el sobrio y racional Occidente contra el degenerado, brutal y pérfido Oriente. Antonio será el romano corrompido por una mujer lujuriosa según el modelo de Hércules y Onfale. Todo este discurso, que marcará hasta hoy el recuerdo de Cleopatra, se articulará desde la poesía, la historiografía o el arte, en el que como suele ser típico y muy bien ha estudiado Paul Zanker, se recrea un estilo arcaizante.

Perdida la batalla de Actium y ante una imparable deserción, que según el relato plutarqueo no solo es de sus tropas sino incluso del dios con el que se había identificado (y que daría lugar al maravillo poema de Kavafis), Antonio, con la llegada de Octavio a Alejandría a primeros de agosto del 30 a.C, se suicida, Cleopatra obtiene poder enterrarlo con magnificencia en su propio mausoleo, pero poco más, al nuevo césar le interesa la riqueza de Egipto de forma absoluta sin ningún pacto o mediación, el futuro que espera a la faraón es formar parte del desfile triunfal del vencedor y probablemente la muerte después. El día 10 logra el permiso para acudir a la tumba de Antonio donde se suicida mediante la mordedura de un áspid; muerte ritual muy propia del entorno religioso, siendo ataviada como una nueva Isis. Según el relato de Plutarco, cuando llegan los soldados romanos para evitar el suicidio: "De las dos criadas, la que se llamaba Iras estaba agonizando a sus pies, y Carmio, ya vacilante y torpe, le estaba poniendo bien la diadema que tenía en la cabeza. Díjole uno con enfado: ‘Bellamente, Carmio’, y ella respondió: ‘Bellísimamente, y como convenía a la que era de tantos reyes descendiente’; y sin hablar más palabra, cayó allí muerta junto al lecho." (Antonio, 85). El adolescente Ptolomeo Cesarión que había sido enviado por su madre hacia Nubia o la India, fue traicionado por su preceptor y ejecutado por orden de Octavio; ¡no es bueno que haya más de un César!. Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo pronto se desvanecen en las tinieblas de la historia, probablemente morirían oportunamente. Curiosamente a Cleopatra Selene se la casará con uno de esos reyes tributarios de Roma, el muy erudito Juba II de Mauritania, siendo padres de Ptolomeo de Mauritania que finalmente sería asesinado por su primo segundo Calígula (descendiente de una de las hijas de Marco Antonio, como Claudio o Nerón, al final todo queda en familia), curioso final el de la sangre de la dinastía macedonia.

Ya tenemos a la fabulosa Cleopatra muerta y enterrada (aunque según las últimas investigaciones su mausoleo pudiera estar cerca de Alejandría pero por las fluctuaciones del nivel del mar a varias decenas de metros de profundidad), pero ¿qué sabemos realmente de uno de los mitos femeninos recurrentes en la historia de occidente? Como venimos diciendo bien poco ya que prácticamente todas las referencias sobre ella derivan de una campaña difamatoria creada por sus enemigos, por lo que como tantas otras veces hay que realizar una verdadera arqueología del conocimiento. Lo que resulta evidente es que se trataba de una mujer muy culta, formada en el mítico entorno del Museo y la Biblioteca de Alejandría, en esos momentos todavía el núcleo intelectual del helenismo; asimismo gran parte de las fuentes insisten ante su poliglotismo, se dice que hablaba hasta ocho idiomas entre ellos el griego, el egipcio (el primer lágida en saberlo), el arameo y el latín. Por no saber ni siquiera sabemos bien como era su aspecto, a pesar de las continuas referencias a su belleza (ya se sabe la femme fatale), y a aquel fragmento de Blaise Pascal tantas veces repetido: "Le nez de Cléopâtre s'il eût été plus court toute la face de la terre aurait changé". Según Apiano (Guerras Civiles 2, 10) y Dión Casio (Historia Romana 51, 22, 1) Julio César mandó colocar una estatua de Cleopatra en el templo de Venus Genitrix (César pensaba retrotraer el origen de la gens Iulia a la propia Afrodita), donde continuaba al menos dos siglos después. Se jugaba aquí también con la identificación entre Afrodita e Isis. Obviamente la estatua original ha desaparecido, pero para algunos expertos la conocida como Venus del Esquilino podría ser una copia de la mandada realizar por Cesar (Venus ¿Cleopatra? del Esquilino, Roma, Centrale Montemartini [Fig. 3]). Las imágenes más seguras que podemos tener son tres bustos; el que se encuentra en el Antikenmuseum de Berlín [Fig. 4] (aunque para algunos sería una réplica neoclásica de la del Vaticano), el del Museo Gregoriano Profano del Vaticano [Fig. 5], y recientemente se ha identificado, aunque se encuentra muy dañado, el que se conoce como Cleopatra Nahman [Fig. 6] (Londres, Col. particular). Probablemente los retratos irían coronados del Uraeus, esa cobra que la vincula a los faraones clásicos y sería el símbolo de su muerte. Un recurso interesante son las monedas, por supuesto no podemos pensar en retratos objetivos al modo actual, pero si que nos pueden proporcionar un acercamiento al que pudo ser el rostro de Cleopatra, por ejemplo esta interesantísima de 80 dracmas donde aparece en el reverso un águila con el texto griego Cleopatra reina [Fig. 7].

La imagen que nos ha llegado de Cleopatra VII no es tanto la que podemos barruntar a partir de estos pocos fragmentos de unas estatuas que fueron abundantísimas (claro está que hemos dejado al margen las de estilo egipcio pues por su carácter hierático aportan poco), sino la que se crea a partir del mensaje político creado por Octavio César Augusto y su entorno. Razón tiene una de las grandes Cleopatras literarias, la de Shakespeare (aunque en gran medida lo que hace es parafrasear a Plutarco) cuando dice: "Antony / shall be brought drunken forth, and I shall see /Some squeaking Cleopatra boy my greatness / I' the posture of a whore" (…se representará Antonio ebrio, y yo veré a algún jovenzuelo de voz chillona hacer de Cleopatra y dar a mi grandeza la postura de una prostituta. Anthony and Cleopatra, act. V, esc. II). Dejando a un lado su posteridad literaria, teatral o cinematográfica (aunque bien es verdad que el rostro de Cleopatra fue para nuestros abuelos el de la vampiresa Theda Bara [Fig. 8] en la película de 1917 o el de Claudette Colbert [Fig. 9] en la de 1934, y para nosotros desde 1963 es el de Elizabeth Taylor [Fig. 10]), si nos centramos en la pictórica podemos distinguir algunos momentos del mito de Cleopatra que se reiteran mientras que otros son ocasionales.

No es muy común la representación de la reina de Egipto sola (salvo en series o alegorías), posemos señalar de entre ellas, dejando por muy conocido el dibujo de Miguel Ángel, dos muy separadas por el tiempo. Una de Piero di Cosimo (1462-1521) donde Cleopatra [Fig. 11] sirve de referente con su desnudez, el lujo del peinado y la omnipresente serpiente, para retratar alegóricamente a una jovencísima Simonetta Vespucci que también inspiró a Botticelli o Lorenzo de Medici (1480. Chantilly, Musée Condé). Para la otra dejamos los albores del Renacimiento para adentrarnos en las profundidades del simbolismo decimonónico con uno de sus principales representantes, Gustave Moreau (1826-1898), que nos muestra, fiel a su estilo recargado y onírico, una Cleopatra (1887. París, Louvre [Fig. 12]) epítome del barroquismo oriental que contempla lánguidamente las riberas de un Nilo no muy alejandrino donde se vislumbran pirámides, esfinges y obeliscos.

Tampoco fue la relación entre Julio César y Cleopatra la que más atrajo a comitentes y artistas. Podemos señalar un par de excepciones. La famosa escena en la que Cleopatra sale radiante (y bastante desnuda) de la alfombra ante un atónito César [Fig. 13], realizada en 1866 por el academicista Jean-Léon Gérôme (1827-1904), especializado en escenas orientales e historicistas con un toque sensual muy típico de la época. Por su parte Pietro da Cortona (1596-1669) plasma el momento en que acabada la guerra alejandrina Cesar entrega el trono de Egipto a la joven reina ([Fig. 14] 1637, Lyon, Musée des Beaux-Arts). Mucho más normal es encontrar referencias pictóricas a las relaciones entre Antonio y Cleopatra en distintos episodios como el famoso encuentro de ambos en Tarso, así lo podemos ver con el fasto rococó de Giambattista Tiepolo (1696-1770) en un fresco del que ofrecemos un detalle de la escena principal ([Fig. 15]1747, Venezia, Palazzo Labia). La que posiblemente es la escena más difundida (aparte de su muerte) es la que conocemos como el Festín de Cleopatra, la referencia en este caso no es el omnipresente Plutarco, sino Plinio el Viejo (23-79), quien en su Naturalis Historia (IX, 58) narra que la regina meretrix (evidentemente la imagen es ya inalterable) había apostado con Antonio a que se gastaría una enorme cantidad de dinero en un banquete, y aunque era fastuoso no se acercaba ni con mucho a esa cantidad hasta que echó en los postres una de las dos valiosísimas perlas que llevaba en vinagre bebiéndosela, Lucio Munacio Planco que actuaba de árbitro la dio por ganadora antes que la segunda perla corriera la misma suerte (después de su muerte esa perla partida en dos habría servido de ornato a una imagen de Venus en Roma). Por supuesto más allá de la realidad histórica aquí lo fundamental es subrayar la inmoralidad e irracionalidad oriental de Cleopatra, en un mundo de lujo intrínsecamente unido a la lujuria. Dos ejemplos de este festín, uno de Jacob Jordaens (1593-1678) de 1653 ([Fig. 16] San Petersburgo, Ermitage), y otro de Francesco Trevisani (1656-1746) de 1717 ([Fig. 17] Florencia Uffizi). Para acabar este bloque otro encuentro, que a diferencia del de Tarso ya sabe a despedida, es el que pintó Sir Lawrence Alma-Tadema (1836-1912) en 1883 ([Fig. 18], Colección particular) recordando el que ocurre después de la batalla de Actium.

El suicidio de Cleopatra, como decíamos, es el momento más representado pero podemos encontrar, aunque raramente, otros previos. Así Alexandre Cabanel (1823-1889) nos muestra a una Cleopatra, lánguida y fríamente indolente, ensayando venenos con prisioneros condenados a muerte para comprobar cuál era más rápido y benigno ([Fig. 19] 1887, Amberes, Koninklijk Museum voor Schone Kunsten). Un pintor poco conocido perteneciente al academicismo francés (estilo que, por otro lado, tantos ejemplos nos suministra) como Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887), se centra en el momento en que Antonio moribundo es conducido ante el mausoleo donde Cleopatra se ha encerrado, por lo que ella misma y sus criadas deben alzarlo trabajosamente ([Fig. 20], 1863. Grenoble, Musée des Beaux-Arts). La gran pintora neoclásica Angelica Kauffmann (1741-1807) con gran dignidad y contención refleja ese instante que nos narra Plutarco (Antonio, 84): "Recibido este aviso [de Octavio], lo primero que hizo fue pedir a César que le permitiera ofrecer libaciones a Antonio, y habiéndoselo otorgado, marchando al sepulcro, y abrazándose a la urna con las dos mujeres de su comitiva: Amado Antonio –exclamó–, te sepulté poco ha con manos libres; pero ahora te hago estas libaciones siendo sierva, y observada con guardias para que no lastime con lloros y lamentos este cuerpo esclavo, que quieren reservar para el triunfo que contra ti ha de celebrarse" ([Fig. 21] 1770, Stamford, Linconshire, Burghley House). La entrevista con Octavio, un último intento de salvar el reino y la vida de sus hijos, también ha merecido la atención de los pintores, como por ejemplo en este cuadro de il Guercino (1591-1666) de 1640 que se encuentra en el Musée d’Art et d’Historie de Ginebra [Fig. 22].

Y llegamos al momento de la muerte. Algunos van a reproducir el momento narrado por Plutarco que veíamos más arriba, con una de las doncellas muerta a los pies y la otra agonizando mientras coloca la corona sobre la frente de su ama. Lo podemos ver en un cuadro de un pintor de la escuela holandesa Gerard Hoet (1648-1733), donde una verdadera turbamulta de personajes invaden la estancia del palacio barroco donde ha muerto la faraón ([Fig. 23] 1705, Los Ángeles, John Paul Getty Museum), o en la más sobria pero teatral del francés Louis-Jean-François Lagrenée (1725-1805) de 1755 en la Ecole des Beaux-Arts de París [Fig. 24], y más adecuada a criterios historicistas con un ambiente cuidadosamente egipcio la de Jean-André Rixens (1846-1924) realizada en 1874 y que podemos ver en el Musée des Augustins de Toulouse [Fig. 25]. También podemos ver casos curiosos como el del barroco Alessandro Turchi l'Orbetto (1578-1649) que realiza una síntesis juntando dos escenas separadas en el tiempo, con un Marco Antonio recién suicidado y una Cleopatra que lo va a hacer, casi tenemos una típica Piedad en la que se hubiera separado el Cristo muerto de la Virgen, mientras una serie de curiosos pasan por el lugar ([Fig. 26] 1640, París, Louvre). En general el instante en que el áspid va a inocular su veneno (ya los mismos autores clásicos eran escépticos sobre la presencia del ofidio sugiriendo que se podía haber introducido el veneno con una aguja, pero, claro, la presencia de la serpiente era más espectacular; tampoco pidamos exactitud herpetológica a los pintores y la presencia de la Vipera aspis es más bien ocasional) se transforma, como suele ser habitual, en una escusa para la realización de un desnudo femenino, más o menos incitante, destinado a un público masculino casi siempre de clase media-alta que tiene acceso a los niveles superiores de la cultura. Dejando claro que lo principal en este numeroso tipo de cuadros es la vista de unos senos femeninos, podemos distinguir cuadros con una dignidad serena como el de Luca Giordano (1634-1705) que se encuentra en una colección particular de Nápoles [Fig. 27], otros como el de Claude Vignon (1593-1670) de una violencia tan extrema que cae casi en la caricatura ([Fig. 28] 1640, Rennes, Musée des Beaux-Arts), e incluso alguno que se desliza por la ladera del decadentismo como el húngaro Gyula Benczúr (1844-1920), que no en vano había trabajado de joven para el operístico rey Luis II de Baviera, y nos muestra una Cleopatra más ajada de lo habitual que muere entre contorsiones un tanto lúbricas ([Fig. 29] 1911, Debrecen, Déri Museum). En algunos casos la carga de sexualidad alcanza unos niveles muy altos, no hay más que contemplar las obras de dos pintores casi contemporáneos, Guido Cagnacci (1601-1663) con su Muerte de Cleopatra de 1660 ([Fig. 30] Milán, Brera), y Massimo Stanzione (1585-1656) con su La muerte de Cleopatra de 1640 ([Fig. 31] San Petersburgo, Ermitage), en ambas si quitamos la apenas perceptible serpiente solo quedarían dos mujeres desnudas con una fuerte carga erótica.

Mucha razón tenía el personaje de la Cleopatra de Shakespeare al afirma que su imagen en el futuro solo sería la de una prostituta, esa regina meretrix que decía Plinio, tal transformación se había producido sobre una mujer fascinante, extremadamente culta y que fue uno de los principales dirigentes políticos del mundo mediterráneo en una época tan llena de ellos.

N.B. La traducción de Plutarco utilizada en las citas es la Antonio Ranz Romanillos (Plutarco. Vidas paralelas. Barcelona, Planeta, 1991)

Pedro Marcos de Cossío

EFETA es la traducción griega del término arameo que significa ábrete, εφφαθα.

Es la palabra eficaz que el evangelio de Marcos pone en labios de Jesús al curar al sordo y tartamudo (Mc 7,34), y responde a las iniciales del proyecto ESCUELA FEMINISTA DE TEOLOGIA DE ANDALUCIA.

EFETA es, así, un lugar de apertura al conocimiento teológico que, siendo inclusivo, se orienta particularmente a las mujeres, en una perspectiva crítica feminista.

El proyecto EFETA se concreta en la asociación del mismo nombre en la que se inserta la Escuela como su objetivo primario, y de cuyo espíritu se alimenta todo lo que ella genera y lo que de ella parte.

Asociación y Escuela forman un espacio de REFLEXION, ESTUDIO Y DEBATE permanente.

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