V SEMINARIO INTERNACIONAL DE EFETA 14-16 octubre 2010. Universidad de Sevilla

Así pues la identidad se nos presenta como una narración basada en la memoria y el olvido selectivos, narración continua, múltiple, fragmentaria, laberíntica, a modo de palimpsesto en el que nuevas escrituras tapan, se superponen, se confunden e interactúan con las anteriores. Claro está que ese relato en el que pretendemos reconocernos, que en gran medida nos identifica, se constituye en el centro de nuestra posible estabilidad mental y emocional, se establece como el ser que somos o el que queremos ser. Para lograr todo ello ese relato aspira a tener una cierta coherencia interna o externa, con la visión que tenemos de nosotros mismos y sobre la mirada de los otros, el grupo de personas con el que queremos identificarnos (o no nos queda más remedio que hacerlo). Por supuesto no se puede caer en posiciones ingenuas, no podemos crear el relato que nos gustaría, sino que debemos hacerlo a partir de los materiales presentes, tenemos que crearnos a nosotros mismos con las cartas que nos han caído en suerte. Ese texto complejo que nos forma, y para el que las definiciones de sexo y género son substanciales, depende de una gramática y una sintaxis de las que no somos autores (pues vienen dadas por las estructuras sociales, políticas, económicas, culturales en todo caso), aunque en algunos casos podamos modificarlas en cierto grado. Por tanto afirmar de alguien que es hombre o mujer está marcando su presente y su futuro a través de una telaraña de discursos recordados y reiterados, de ocultamientos deliberados o patológicamente inconscientes, que acaban atenazando y encorsetando la personalidad. A pesar de su carácter problemático esos discursos que nos constituyen, en tanto que habitualmente son reiterados en el tiempo, no son indiferentes pues, como venimos diciendo, crean realidad. Bien sabemos (los omnipresentes Austin, Searle y compañía) que el lenguaje crea lo existente a través de los actos performativos, que cuando definimos/nombramos a alguien de una manera dada, sobre todo a través de distintas estructuras de poder, le estamos encerrando (conceptualmente, aunque muchas veces, por desgracia, materialmente) en el molde que un determinado grupo cultural ha definido mediante una narración que a su vez se funda en otras, y que al final normalmente se suelen basar en textos considerados sagrados, y, por tanto, tan intangibles como inmodificables.

Para esa formación de la identidad son imprescindibles modelos de comportamiento, espejos donde poder, de una manera u otra, reflejarse. Aunque bien sabemos que esos espejos pueden ser reductores o amplificar la imagen, distorsionarla en formas cóncavas o convexas, pueden haber perdido el azogue o fragmentar la figura, y, en fin, el reflejo del espejo puede depender en gran medida del ojo que lo observa, o de los ojos que observan nuestra mirada en su superficie. O puede que ni siquiera haya un espejo donde percibirse, que a diferencia de Narciso no nos perdamos por contemplar nuestra pálida imagen sobre las aguas, sino que desaparezcamos ante la imposibilidad de reconocernos. Algo muy habitual para todos aquellos grupos que no se amoldan a las estructuras patriarcales comunes en la historia de la humanidad, en los que el espejo es sustituido por simulacros, consciente o inconscientemente, destinados a mantener las disposiciones culturales predeterminadas. De ahí la necesidad de las mujeres (y de otros grupos) de reconstruir (incluso inventar, en el sentido latino del término, que aúna tanto la idea de descubrimiento como la de creación) unas narraciones donde haya modelos reconocibles.

Uno de los problemas es que para que los paradigmas funcionen (no podemos exigir a todos los individuos el esfuerzo titánico de crearse a sí mismos desde la nada) deben estar socializados, es decir existentes, aceptados por un grupo concreto, difícilmente podemos desarrollarnos sin ejemplos reiterados, presentes habitualmente ante nuestros ojos, que reciben el apoyo de las personas de nuestro entorno potenciándoles. En caso contrario tendríamos que realizar una arqueología del saber a la búsqueda de ideales escondidos o arrumbados deliberadamente, labor compleja que difícilmente puede desarrollar un individuo en solitario, y más cuando las condiciones culturales o socio-económicas son totalmente adversas. Por eso necesitamos entrelazar redes de solidaridad, grupos de cómplices que se reconocen al margen de los moldes tradicionales, que pueden intuitivamente (o reflexivamente) captar el envés de la realidad, los pliegues y las fracturas de lo existente.

Otra ventaja de los mitos es su plasticidad, la capacidad de metamorfosearse, de adquirir nuevos significados, de traernos reminiscencias de otros tiempos, otros modos de pensar, otros individuos al margen de las vías principales de la historia. En los mitos existentes, los que intentamos recrear, o incluso modificar falseando lo que un día fueron, podemos encontrar fragmentos de espejos, en los cuales reflejarnos laberínticamente y a partir de ellos cambiar los relatos que nos definen. La relación entre los mitos y los individuos y grupos es paradójica, es arduo comprender los sutiles mecanismos que provocan la identificación entre una persona y un relato concreto, y más cuando éste no es el dominante. En gran medida suele ser una actitud reactiva, en tanto íntimamente en la construcción de lo que somos, no nos sentimos identificados con los modelos que se presentan ante nuestros ojos, y algunos espíritus fuertes pueden luchar contra esa imagen, o darle la vuelta. Parte de la recuperación y reconstrucción de la memoria consiste en evocar a aquellas personas, reales en muchos casos, míticas en otros, que han logrado abrir brechas en el ramaje opresivo que nos rodea, que nos han permitido imaginar otras posibilidades a lo tristemente existente. Sea por una misteriosa capacidad de algunos por lograr ver que detrás de los espejos oficiales hay otros mundos, sea aprovechándonos de tantos pioneros, sea beneficiándonos (en nuestro caso occidental) de la riqueza perturbadora y muchas veces potencialmente subversiva de las narraciones míticas del mundo semita y del grecorromano, podemos ir jugando a reconocernos como individuos o grupos, en otros modelos, extraños, extravagantes, outsiders de lo establecido. Aunque bien es cierto que por motivos de economía intelectual y emocional, nos resulta más fácil imitar los modelos que vienen apoyados por grupos concretos, con lo que corremos el riesgo de reproducir a pequeña escala la misma opresión de paradigmas únicos y limitadores, por lo que una cierta reserva mental y una gozosa llamada a la promiscuidad conceptual serán siempre muy recomendables incluso en la redes que apartándose del esquema predominante nos ofrezcan otras alternativas”. Pedro Marcos de Cossío, de la Introducción del Libro MITOS FEMNINOS: GALERIA DE ESPEJOS (arcibel editores, Sevilla, 2010) La presente edición del seminario se interna en este mundo apasionante y complejo comenzando desde nuestro momento y época, nuestro hoy, para evocar, desde él, las raíces que sustentan los relatos de los que extraemos rasgos de identidad de género y de las que la misma sociedad nutre sus mitos sobre lo femenino y lo masculino. Los mitos actuales y sus fundamentos en el pasado nos llevan hasta esos personajes, heroínas y héroes, que condensan multitud de rasgos identitarios. La perspectiva de género, perspectiva crítica, sobre la novedad presente, lo arrastrado del pasado y lo permanente y difícil de cambiar, pretende arrojar un poco más de luz sobre lo que somos y, sobre todo, repetimos, sobre lo que pretendemos ser.