Hemos traducido del portugués el siguiente artículo de Ivone Gebara, publicado en Adital-Brasil
31 de octubre de 2010: ¡Dilma Roussef, primera presidenta de Brasil![1]
Ivone Gebara[2]
La victoria de Dilma es un gran logro para muchas de nosotras, las mujeres, y para el pueblo brasileño. Conquista no sólo política, sino de afirmación de que las mujeres en Brasil son ahora un símbolo del más alto nivel del poder público en el país. Por supuesto que esto molesta a muchas personas, inclusive mujeres, a las que esta representación simbólica no les es necesaria. Pero ahora todos los airados y las incomodadas tendrán que hacer frente a este hecho: ¡Dilma es nuestra presidenta!
Nuestra alegría por la victoria se mezcla con algunas aprehensiones. Una de ellas está relacionada con la imagen de Dilma que la prensa quiere presentar, al menos por ahora. Además de acentuar su trayectoria de guerrillera jefe de la Casa Civil, honrosa en mi opinión, la presentan como “hecha” por Lula, empujada por el éxito del presidente, necesitada de Lula, fiel seguidora del presidente. Sin negar el tremendo valor de Lula y su papel en esta elección, muchos destacan, en mi opinión, una dependencia indebida, como si ella no tuviera su propia trayectoria política. Se olvida que fue su historia personal, con sus éxitos y errores, la que la llevó a este máximo cargo de la República. Se olvida que su experiencia de mujer pública se produjo en instancias diferentes que las de los cargos políticos elegidos por el pueblo. Ella no sólo conoce los sótanos del poder dictatorial, sino también tramas políticas institucionales de diferentes tipos. Hizo caminos que no siempre la gran prensa quiere saber y divulgar. Por lo tanto, su diversa experiencia hará de ella una presidenta diferente.
Por otra parte, invirtamos lo que se decía en el pasado sobre los grandes hombres: “Detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer! Ahora, en relación a las mujeres, es: “Detrás de una mujer política debe haber siempre un gran hombre” (que debe estar, en el fondo, por delante). Así se piensa sobre Cristina Kischner y ahora sobre Dilma, aunque los contextos y las situaciones son diferentes. Así se pensó sobre Indira Gandhi, Michelle Bachelet y muchas otras. ¿Qué hombres estarán sustentándolas en el poder? ¿O qué hombres podrán mantenerlas en el poder? ¿Qué hombres les darán las buenas ideas para gobernar el país y los mejores consejos para las decisiones presentes y futuras? ¿Qué hombres serán sus ministros y asesores?
En el fondo, la cultura brasileña todavía tiene una fuerte y sesgada jerarquía de género y, sobre todo, una división valorativa entre el trabajo doméstico y el público. Sólo con cierto recelo se entrega el poder político a una mujer, identificada simbólicamente con las lides domésticas. Y esto es aún más evidente cuando ella no aparece acompañada por su “primer caballero”. Los presidentes de la república, en general, son acompañados por sus primeras damas, incluso si ya están en la tercera o cuarta dama. Ellas tienen que aparecer a su lado como figuras decorativas e, incluso cuando son mujeres de una calidad excepcional, deben permanecer calladas, en general. Poco se sabe de la vida y del trabajo de la mayoría de ellas. Lo importante es salvar la apariencia. Y decir que se respeta un orden social establecido que a menudo es un orden fundado en la hipocresía. Pero cuando la presidenta electa no tiene “primer caballero” y aparece caminando sola, apoyada en sus propios pies, completa/íntegra y hablando en nombre de la nación que la eligió, los gigantes del poder sólo ven una alternativa para su miedo: desprestigiar a esa mujer y, en ella, a las mujeres. Ellos tienen la osadía de mostrar anuncios que la representan como una muñeca hueca o con un hombre dibujado en su fondo. No consideran la autonomía femenina, su fuerza creativa y sus capacidades personales. De todos modos, le dan posibilidades, sobre todo, si está rodeada de políticos, tratando cada uno de tratando de agarrar un pedazo de la rebanada pública política.
Si ella, Dilma, hace un discurso de agradecimiento después de la elección, que para muchas personas fue una verdadera síntesis de su política, en el que incluyó su condición femenina y la de todas nosotras, brasileñas, dicen que no contiene nada nuevo. Insisten en afirmar que el discurso fue frío, que es obra de muchas manos o que fue demasiado largo o que no contempló esto o aquello. Incluso puede ser cierto en parte. Pero no hay discursos universales y que engloben toda la compleja realidad en que vivimos. Todo discurso tiene sus límites y su punto de vista de inmediato. En resumen, para muchos no se trata del discurso. Es misoginia a flor de piel o corriendo por las venas.
Me atrevo a denunciar las muchas violencias públicas contra las mujeres como un acto político educativo preventivo en este nuevo momento histórico. También es una llamada de atención para todos nosotros, mujeres y hombres, en relación con nuestros prejuicios y nuestra incapacidad para acoger y provocar lo diferente. Escribo contra los muchos dragones poderosos que siempre están dispuestos a lanzar su fuego destructor acabando con las esperanzas de la gente y sus pequeños logros. Con toda seguridad, están enojados con la victoria de Dilma, la victoria de una guerrera de la libertad de los pobres, la victoria representativa, en parte, de la fuerza de las regiones norte y nordeste que afirman su ciudadanía y su resistencia. También, en este caso, se acusa al pueblo de ser ignorante y de buscar sólo su supervivencia o los favores del poder o de seguir ciegamente a los líderes políticos del momento. Pero, ¿cómo ser políticamente consciente, si la panza está vacía? ¿Cómo sobrevivir si no hay casa, comida y trabajo? ¿Cómo sobrevivir con el latifundio, con los grandes señores ruralistas y con la mentira de la propaganda consumista? La gente norteña y nordestina y otros han probado en los últimos años el sabor de una ciudadanía incipiente a pesar de las inevitables contradicciones. Y creyeron que Dilma sería una garantía para sus conquistas presentes y futuras.
Fueron esos hombres y mujeres de la sequía, las chozas, de los zancos, de los huecos, las terrazas, los manglares, con sus muchos aliados, los que reconocieron en Dilma a alguien capaz, por su historia y sus luchas, de sentir los dolores del pueblo. No sé cómo será su gobierno. No sé cómo será su Ministerio. No sé cómo se conducirá en el futuro. No sé tampoco en qué se fundamentarán los dragones furiosos para derrumbarla o para levantar falsos testimonios sobre ella.
Pero hoy ella está vestida de verde-amarillo, coronada con las veintisiete estrellas que representan los estados de Brasil. Hoy, ella ha aparecido pisando a los dragones y, con su fuerza interior, ha conseguido silenciar sus gritos y su sarcasmo.
Se reaviva nuestra esperanza. No vamos a dejar a Dilma sola. Vamos a ser un pueblo organizado para gobernar Brasil, un pueblo que opina, discute, sugiere y crece junto. Seamos muchos y muchas para organizar, gobernar y trabajar a partir de nosotros mismos. Tenemos que ser lo que creemos que podemos ser. Comenzar cambiando nuestros propios comportamientos, con las pequeñas cosas del día a día. Sólo así podremos disminuir la fuerza de los dragones y disminuir el miedo que inspiran.
Dilma, adelante… Somos aliadas de la misma lucha y de la misma esperanza. No estamos detrás de ti, sino contigo, a tu lado en esta lucha que es la nuestra.
Noviembre de 2010
[1] Traducción del artículo publicado en Adital – 3.11.2010 – Brasil:
http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=PT&cod=52103
[2] Escritora, filósofa y teóloga.